No siempre para ver se necesitan ojos. Es más, muchas veces éstos no son más que filtros que deforman la realidad dependiendo de cómo seamos por dentro. Vemos lo que queremos ver. ¿Cuántas veces nos quedamos en lo superficial y no observamos lo que verdaderamente importa? ¿Cuántas veces nuestros miedos han hecho que desviemos la vista? ¿Cuántas veces hemos mirado mal a alguien únicamente por ser diferente a nosotros?

Hubo una vez un hombre llamado Joseph Merrick que no fue tratado como tal. Su único pecado: no ser igual al resto. Esta es la historia de una persona desgraciada.

Corría el año 1862. En la poderosa Inglaterra, gloria y luz de la civilización, nacía un niño de una hermosa mujer. Eligió la ciudad de Leicester para venir a este mundo. Sus primeros años se desarrollaron con normalidad, pero a partir de los cinco años todo empezó a cambiar. Una extraña enfermedad comenzó a deformarle poco a poco: su cuerpo se cubrió de grotescos bultos; su cráneo y extremidades crecieron desmesuradamente. Podemos imaginarle una infancia terrible. A estas malformaciones debemos sumarle un serio problema de columna que le dificultaba gravemente al andar. Su madre debía acompañarle siempre a la escuela para evitar las numerosas mofas que tenía que sufrir a diario su pequeño. Era su ángel de la guarda, la única persona que le veía y trataba como a un ser humano. Pero un día, a sus 11 años de edad, una bronconeumonía les separó para siempre, dejándole con un padre que hacía tiempo le miraba con horror. Es aquí cuando para nuestro pequeño protagonista comienza de verdad su aciaga vida. Su padre pronto casó con una viuda que ya tenía dos hijos. Joseph jamás fue respetado por ninguno de los tres. Tuvo que soportar innumerables vejaciones y maltratos físicos. Su madrastra le odiaba y le horrorizaba su presencia. La convivencia, si así se podía llamar a eso, era inaguantable. Varias veces se escapó de casa, pero terminaba regresando ante la falsa promesa de su padre de que las cosas mejorarían ¡Cuantas veces lloraría la muerte de su madre, solo, en la noche de su alma!

Para ganarse el pan comenzó a trabajar en una fábrica de cigarros. A los dos años tuvo que dejarlo pues su mano derecha se había deformado tanto que era incapaz de trabajar con ella. Su padre le consiguió un permiso de buhonero, pero la venta ambulante no fue lo mejor para él. Jamás conseguía vender nada. Las personas, sus vecinos, huían de él en el mejor de los casos y en el peor creo que pueden imaginárselo. A los 15 años se marchó definitivamente de casa, para él nunca fue su hogar. Siguió empujando su carrito por las calles de Leicester hasta que el gremio de vendedores ambulantes se lo quitaron. Simplemente opinaban que Joseph espantaba a la clientela. 

Encontró trabajo en una granja para ganarse el sustento. Cuatro durísimos años soportó nuestro protagonista en aquel lugar. Mientras tanto, su enfermedad empeoraba. Cada día tuvo que ser un infierno para este pobre joven al que todos repudiaban. Una protuberancia en el labio superior y la nariz comenzó a crecerle enormemente. Ingresó en un hospital para extirpársela, pues apenas podía comer. Poco tardó alguien en utilizar esta desgracia para ponerle el apodo de “el hombre elefante”. Jamás volvió a la granja. Dos años estuvo en el hospital hasta que le echaron literalmente. Consideró probar suerte en el mundo del espectáculo. En una sociedad como aquella quizás como atracción era aceptado. Lo cierto es que la cosa no fue tan mal. Cambió de ciudad y fue a parar a Londres. Un mundo de mujeres barbudas, de enanos y gigantes, supo acogerle mejor que el resto de los seres humanos. Su número únicamente consistía en mostrarse al público; a un público que lo miraba atónito, curioso y con asco, a veces con carcajadas, otras con gritos de terror. ¡Triste existencia para un ser humano! Vivir para ser mostrado como un monstruo. Desprenderse de toda dignidad para poder conseguir un poco de ella. 

Fue entonces cuando conoció a alguien que cambiaría su vida por fin para bien. Durante una de sus exhibiciones un caballero se interesó por él de una manera diferente, desde un punto de vista científico que más tarde tornó en verdadera amistad. El doctor Frederick Treves era cirujano del Hospital de Londres. Supo por terceros de la existencia de Joseph y quiso verlo con sus propios ojos. Se interesó mucho por su enfermedad y se lo llevó con él. Después de estudiarlo y presentarlo a la comunidad científica tuvo que dejarle marchar ya que según las normas de los hospitales ingleses de esa época no se podía albergar a enfermos incurables. No llegaron a intimar demasiado, Joseph se encontraba muy nervioso y apenas cruzó palabras con el buen doctor. 

De nuevo se vio en la calle y las cosas empeoraron. Por avatares del destino acabó trabajando para un feriante que lo llevó de “gira” por Bélgica y cuando se cansó de él lo abandonó a su suerte. Y así se quedo el pobre Merrick, solo, sin nada ni nadie en medio de un país que no conocía. No me puedo imaginar los sufrimientos que tuvo que soportar. Vagó hasta Ostende donde consiguió un billete de barco para Inglaterra. Así contado parece sencillo, pero pónganse en su situación. Con el cuerpo enormemente deformado, avanzaría con suma dificultad. Para evitar las miradas de la gente se cubría con un sombrero del que caía una tela que le tapaba totalmente el rostro. Tendría miedo, se sentiría terriblemente asustado y desdichado. Pero aún y todo consiguió lo que se propuso. Como les he contado, montó en un barco camino de su país, pero el capitán obligó a Joseph a hacer el viaje en cubierta para que no perturbase al resto de viajeros. Diez horas bajo la lluvia, de noche, hicieron mella en él causándole una seria bronquitis. Al desembarcar en Inglaterra subió a un tren con destino Londres. Buscó asiento en la parte trasera, solo, aprovechando las sombras para que nadie le molestase. Al llegar a la estación unos chicos le asaltaron y persiguieron. Otra vez las burlas, las mofas, otra vez el miedo. Cuando los jóvenes acabaron quitándole el sombrero muchas personas se agruparon para verle, con ojos atónitos, con ojos hirientes. La policía terminó por acercarse al lugar, atraída por los gritos y el jaleo, y atendió a un aterrorizado Joseph, quien únicamente consiguió sacar del bolsillo una tarjeta que le había entregado el Doctor Treves dos años atrás. El terror que en ese momento sentía le impidió emitir palabra alguna. Ciertamente la situación fue terrible para nuestro protagonista, pero puedo deciros con alivio que sería la última que viviría de esa índole.

Frederick Treves se alegró enormemente de volver a encontrarse con Merrick. Lo acogió de nuevo en el Hospital de Londres y esta vez consiguieron que se le aceptase como inquilino vitalicio. Comienza para nuestro desdichado protagonista los mejores años de la última etapa de su vida. Poco a poco, médico y paciente se fueron conociendo. Joseph demostró a un asombrado doctor que sabía hablar y lo cierto es que muy bien. Sabía leer y escribir y tenía una inteligencia superior a la media teniendo en cuenta que provenía de la sociedad más baja y humilde de la Inglaterra Victoriana. Resultó refinado y de trato exquisito hacia todo aquel que quiso conocerle. Parecía mentira, pero después de tanto sufrimiento Joseph era una persona buena, misericordiosa, y como señala el doctor Treves, no guardaba ni gota de rencor a una sociedad que le había maltratado por encima de los límites soportables. Se convirtió en una persona conocida en la alta sociedad. Incluso la Princesa de Gales entabló amistad con él. 

Pero los oscuros años pasados fueron terribles para su enfermedad. Sus deformidades crecieron enormemente. La cabeza le pesaba demasiado debido a su desmesurado tamaño y jamás dormía tumbado, pues las dimensiones de su cráneo le obstruían la faringe y podían causarle asfixia. Descansaba sentado con la cabeza apoyada en las rodillas. Pero aun y todo supo vivir con esos problemas y disfrutar de lo que le ofrecía la vida. Leyó, escribió, incluso realizó maravillosas maquetas en cartón con solo la mano izquierda, que era la única que era útil. Cuando la gente dejó de reírse de él, cuando dejó de pasar miedo, volvió a la vida. 

Pero la enfermedad al final ganó la guerra. Una mañana del 11 de abril de 1890, cuando contaba con 27 años, le encontraron muerto en su cama. Parece ser que murió por un dislocamiento cervical y posterior asfixia provocada por el peso de su cabeza. Su nueva familia le lloró. Seguro que se hubiera visto feliz; por fin tenía a alguien que de nuevo le quiso. 

No quisiera terminar sin recordar unas tristes palabras que escribió su buen amigo el doctor Frederick Treves:“Una cosa que siempre me entristeció de Merrick era el hecho de que no podía sonreír. Fuera cual fuese su alegría, su rostro permanecía impasible. Podía llorar, pero no podía sonreír.”  

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies