Era un día soleado y me encontraba a las afueras de Roma. Sentado, en silencio, observaba con rostro embobado el paso del tiempo. Y es que me encontraba descansando sobre un montón de ladrillos que, tornando su uso, habían acabado siendo eso: solo un montón de ladrillos. Y así, con ese sentimiento y contemplando el lugar, me di cuenta de que lo que estaba viviendo era un auténtico paseo por la historia.

            Corrían los primeros años del S.IV de nuestra Era, cuando una persona, alguien ya por casi todos olvidado, decidió erigir allí donde yo descansaba un formidable circo. Su nombre: Majencio. Profesión: emperador del Imperio Romano. A los habitantes de Roma les encantaban las carreras de carros. Acudían en masa a disfrutar de un espectáculo que levantaba pasiones y fortunas. En la Ciudad Eterna destacaba por su tamaño el Circo Máximo; solamente sentados cabían unas 250.000 personas. En el que yo me encontraba no existía tanto aforo, pero sus dimensiones eran también espectaculares. Imagínense a casi todos los habitantes de Pamplona reunidos en un mismo lugar; gritando hasta desgañitarse; levantándose de golpe cuando su jinete favorito adelanta a otro o suspirando al ver cómo su predilecto por poco no es derribado. Simplemente espectacular. Y hoy, ahora, todo es silencio. Sentado como saben sobre un montón de ladrillos, miraba atónito lo que queda de todo eso. Por la pista por la que corrían velozmente los caballos, hoy crece la hierba; donde antes había gradas, hoy hay ruina. Siendo los únicos espectadores las hormigas, lagartijas y gatos callejeros. ¿Dónde están todos los que ese suelo pisaron? ¿Dónde quedaron las pasiones, sueños e ilusiones? Volaron como el tiempo. Solo queda la sombra de lo que una vez fue. Pero como dijo Víctor Hugo: “la monumentalidad a veces nace de la ruina”. Nada más lejos de la realidad, pues ese pétreo esqueleto rezumaba grandiosidad. No se cuanto tiempo estuve observando, escuchando a mi alrededor, intentando traspasar el velo de los 17 siglos que separaban el circo de Majencio del montón de ladrillos en el que estaba sentado. Una de las muchas mariposas que por el lugar revoloteaban me trajo de nuevo al presente. Pasó frente a mis ojos y se alejó por el mismo lugar en el que antaño estaría la salida principal de espectadores. Decidí que era el momento de proseguir mi viaje. Mi paseo por la Historia.

            Caminé por la Via Apia, en la que aún hoy quedan grabadas en las piedras las marcas de los muchos carros que entraba y salían de Roma. Anduve, reflexioné, bebí de cada rincón que escondía una ruina intentando calmar mi sed. Una sed especial; mezcla de melancolía, nostalgia y poesía. Y es que esa ciudad rebosa poesía. Una columna caída, una cabeza sin dueño de ojos penetrantes y fríos, un pequeño fragmento de mármol en el que solo queda una mano anodina…todo es poesía. Pasé junto a las catacumbas de San Sebastián, donde 400.000 almas me saludaron y acompañaron hasta que estuve frente a las puertas de la que fue la ciudad más impresionante de la Antigüedad. Atrás quedaron los verdes campos sembrados de pinos y ruinas. Frente a mí se extendía la Ciudad Eterna. Una grandiosa muralla, hoy perforada por numerosos lugares para dejar paso a las calzadas de asfalto, rodea la Roma antigua recordando a los visitantes que están a punto de entrar en la capital del mundo civilizado. Ya no había centinelas en la puerta que me dieran el alto. Hace años que se fueron los visigodos, los hunos u otros enemigos que desearon hacerla suya. Hoy son las hordas de turistas las que invaden sus calles. Caminé y dejé atrás los impresionantes restos de las termas de Caracalla, hoy únicamente pétreas cuchillas que se alzan desafiantes hacia el cielo. Llegué a un inmenso campo de hierba donde antaño se alzaba el Circo Máximo y de allí, sorteando tráfico, excursiones, y cámaras de fotos, alcancé el Coliseo. Me sentía abrumado y opté por sentarme a descansar frente a esa mole mundialmente conocida. Las camisetas y vaqueros han sustituido a las togas; las sandalias han tornado en deportivas. Ya no hay hispanos, britanos o galos; hoy son españoles, ingleses y franceses, entre muchos otros pueblos, los que recorren sus calles. Del anfiteatro ya no salían los sonidos de sangrientos espectáculos. Solo se escuchaba las explicaciones de los guías. El pasado y el presente paseaban de la mano por tan grandiosa ruina. 

            Seguí caminando y pasé junto a los foros romanos, las plazas públicas donde se encontraba el corazón de un Imperio. Hoy el mármol y el bronce que los recubrían forman parte de las numerosas iglesias que salpican la ciudad. Pero sin embargo, aún habiéndolos desnudado, siguen siendo espectaculares. A la sombra de las columnas que aún se mantienen en pie ya no se decide el futuro del mundo, ahora solo se debate qué es lo que se va a visitar a continuación, o dónde se va a parar para comer. Y así llegué hasta donde me había propuesto ir esa mañana cuando salí de mi hotel. En las faldas de la colina del Capitolio, junto al foro de Julio Cesar, se levanta una iglesia. Bajé unas escaleras y pagué un donativo para ver una de las perlas que salpican esa ciudad. Bajo el pequeño templo cristiano, en una pequeña habitación iluminada por la única puerta que le da paso, había un agujero abierto en el suelo. No tenía más de un metro de diámetro y la oscuridad salía de él. Me encontraba en la cárcel Mamertina. Unas escaleras excavadas en época más moderna bajaban al nivel inferior. Antiguamente tendría que haber bajado por el agujero, ya que era la única manera de entrar y salir de esa prisión. Cuando llegué abajo, un puñetazo de humedad y agua podrida me sorprendió. El espacio era pequeño, muy pequeño. Se trataba de una sala circular de unos tres metros de diámetro. Las paredes estaban negras y la sensación de estar encerrado era tremenda. Una pequeña bombilla rompía las tinieblas del lugar. Estaba llena de gente. Me senté en un salido que hacía la pared a esperar. Al final conseguí mi propósito. Me quedé solo. Hubo un espacio de un minuto, tal vez más, en el que pude disfrutar del lugar. Y es que allí donde yo me encontraba eran encarcelados los mayores enemigos políticos de Roma. Esos tristes muros negros y llenos de mugre escucharon los últimos suspiros de personajes históricos como Vercingétorix, el famoso caudillo galo que tantos problemas dio a Julio Cesar. En ese lugar claustrofóbico cerré los ojos y escuché; sentí y olí. Busque viajar a otra época. Se sentó junto a mí el espíritu del galo y hablamos un rato. Me contó cómo había pasado los últimos años de su vida encerrado en ese lugar, cómo fue envuelto en cadenas y paseado tras el carro en el que iba Cesar celebrando la victoria en la Galia, cómo la gente le gritaba insultándole y cómo fue de nuevo bajado a la oscuridad de su mazmorra tras el triunfo. Por último, me confesó lo que sintió al ser estrangulado por un anónimo soldado en ese mismo lugar dónde nos encontrábamos y cuál fue su último pensamiento. Nos despedimos en el momento en el que llegaban nuevos turistas. Nada más bajar se llevaron las manos a la nariz, quejándose del olor que allí había. En sus caras se dibujó la sorpresa de ver a alguien ahí solo, sentado y con cara de ser el hombre más feliz del mundo. Aguantaron poco y subieron de nuevo. Entonces me despedí del lugar y de sus fantasmas, pero antes de comenzar a subir la escalera volví a mirar atrás y disfruté un solo segundo más del silencio del ayer.   

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