Lucas Iguzquiza era fabricante de jabón. Nació allá por 1829 y vivía con su mujer Dolores Sainz en el tercer piso del número 21 de la calle Pellejería (actual Jarauta). En 1880 tenía dos hijas: Carmen, de 13 años y Rosario, de 2. Su oficio hacía que conociera de primera mano la vida de las lavanderas y de esa convivencia nació la voluntad de ayudarlas. Los motivos por los que actuó nos son desconocidos, pero en viejos papeles que descansan en el Archivo Municipal perduran sus sueños.

            En septiembre de 1880 presentó un proyecto de construcción de un lavadero de tabla a orillas del río, entre el puente de la Rochapea y la casa de la Señora viuda de Alzugaray. Se rechazó alegando que la construcción en madera pronto se deterioraría y la proximidad al Arga haría que se viese dañado por las crecidas del río. Tres meses después, el 2 de diciembre del mismo año, presentó otro proyecto de un local bien abastecido en la calle Pellejería. Incluso planificó una cocina para que pudieran, utilizando sus propias palabras, tener alimentos sanos y baratos. Pero de nuevo encontraron fallos a su propuesta. El 2 de agosto de 1881 se le comunicó la negativa a su idea.

            Pasaron los años pero Lucas no se rindió. En un documento que escribe al Ayuntamiento el 19 de abril de 1883 podemos leer:

            Las lavanderas de esta ciudad, esa clase pobre y desvalida, ha recurrido sin fruto con diferentes exposiciones a esa corporación en demanda de alguna protección a que se creía acreedora; y el que suscribe también de su parte ha presentado también a Vuestra Excelencia proyectos de lavaderos, uno de ellos sin haber conseguido otra cosa que desembolsos y trabajos que esa corporación no ha creído deber reconocer. Los tiempos pasan y las lavanderas ven con ellos desaparecer todas las ilusiones.

            Les ofreció levantar una barraca a orillas del río, junto al puente de la Rochapea, pero esta vez en zona más elevada. Y de nuevo obtuvo una negativa por respuesta.

            Pero lejos de rendirse y movido por una fuerza imposible de rastrear hoy en día, llegó a ofrecer al consistorio, el 5 de junio del mismo año, la construcción de otro lavadero cubierto con barracón para colandería y cables para tendederos en un local que se encontraba entre Cuatro Vientos y la primera huerta de la Rochapea. Pero esta vez se comprometió a construirlo él, por su cuenta y riesgo. Lo único que pidió es que el ayuntamiento le concediese el terreno por 25 años y que los ingenieros militares permitieran la creación de dicho edificio, ya que por aquel entonces Pamplona aún era una ciudad de importancia militar y existían firmes normas para la construcción dentro de la zona de seguridad en torno a las murallas. Lamentablemente se encontró de nuevo con una negativa.

            En una carta fechada el 22 de noviembre de 1883 se quejaba de que siempre se le negaban los proyectos: Unas veces porque el municipio necesita esos pocos metros de terreno, otras porque se cree que esto perjudicaría los planes de esa corporación para cuando se traigan las aguas y otras por razones que al exponente no le es dado manifestar. Acto y seguido propuso un nuevo emplazamiento para una barraca de tablas. Esta vez la quiso situar junto al muro de contención de la cuesta que sale del portal de la Rochapea y llega hasta el puente, en la orilla izquierda del río. Alegó que este terreno no se utilizaba para nada. La respuesta del consistorio fue la siguiente:

            No se puede acceder a lo solicitado por dicho Sr. Yguzquiza por ser el terreno a que se refiere parte de la escarpa de la fortificación y pertenecer al ramo de guerra. Además la barraca que allí se construyera sería de mal aspecto al ornato público y el jumo que saliera de las chimeneas de la colandería molestaría indispensablemente a los transeúntes de aquella vía.

            Fue entonces cuando nuestro protagonista se rindió. Mucho había luchado por conseguir mejorar las condiciones laborales de sus queridas lavanderas y solo había conseguido rechazo y agotamiento. Un cansancio que se apoderaría de él y que le acompañaría el resto de sus días. En 1886 cambió de domicilio y fue a vivir al segundo piso del número 28 de la calle Curia. Poco duraría la felicidad en esa nueva casa, ya que una bronconeumonía acabó con su vida un 12 de abril de 1887 a las doce y media del mediodía. Tragedia que tiñó de dolor a su familia. Dolor que aumentó pocos días después, cuando una fiebre tifoidea se llevó a Carmen, su hija mayor, el 29 del mismo mes. Y así acabó la vida de este fabricante de jabón que quiso convertirse en benefactor de un grupo de luchadoras; de un humilde Pamplonés que vio volar todos sus sueños hasta que él mismo dejó de soñar para siempre. 

            Con el paso de los años, las lavanderas vieron ciertas mejoras en su trabajo. Incluso se construyó un local para que pudieran dejar durante el día a sus hijos menores de cinco años al cuidado de un grupo de religiosas. Se le conoció como el Asilo del Niño Jesús. Pero bueno, esa es otra historia.

Ilustración vía Javier Muru.

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