Acompáñenme a dar un paseo por una página un tanto oscura de nuestra historia. Vamos a mirar hacia atrás y observar unas pocas pinceladas del mundo de las ejecuciones en aquella vieja Pamplona y del noble y repudiado arte del verdugo. No tengan miedo, no se van a manchar. Así que, sin más demora, les invito a que pasen y lean.

Dejando un lado épocas prehistóricas, donde nada sabemos de las penas capitales, castigos y leyes por las que se regían, saltaremos igualmente la época romana, pues poca información tenemos al respecto, más allá de los castigos institucionalizados por los romanos como la crucifixión. Por todo ello, vamos a viajar directamente a la Edad Media y a la época Moderna, donde hay una gran cantidad de documentos referentes al tema.

Empezaremos por señalar los diferentes lugares que han servido como cárceles y espacios de reclusión de los condenados por las leyes forales, al menos desde el siglo XIII hasta el XX . En la ciudad de la Navarrería cabría destacar en la calle Curia, al final de ésta, junto a la catedral, la torre del Obispo. En ella se encerraban a los reos en espera de la condena. Y señalo bien al decir “en espera a la condena”, pues por aquella época no existía el concepto de prisión como hoy lo conocemos. No se trataba de un sitio donde eras encerrado durante un tiempo como pena por un delito, sino que se trataba de la antesala en la que se esperaba a que llegase el día de recibir el castigo. 

Por parte del Burgo de San Cernin probablemente la torre de la Galea, sita junto a la iglesia principal del Burgo, cerca de la actual Plaza Consistorial, sería la encargada de realizar esa labor de “sala de espera” del recluso. 

Para terminar, en la Población de San Nicolás se encontraba la torre de Maríadelgada, más o menos a la salida de la actual calle de San Antón, de la que existen numerosos documentos de condenados que fueron encerrados en la misma hasta el día de cumplir la pena.

Con la unificación de los tres núcleos de población que formaban la vieja Pamplona por Carlos III, el 8 de septiembre de 1423, vemos desaparecer o cambiar esas antiguas cárceles y empezar a utilizarse, a mediados del siglo XV, el viejo castillo del rey francés Luis “el Hutín”. Fortaleza que se levantó en 1308 en la actual Plaza del Castillo, bautizando así el lugar hasta nuestros días.

Ya en el siglo XVI, se construyó en la actual plaza de San Francisco, entre otras dependencias, la cárcel Real. El castillo del monarca galo desaparecerá con el paso de los años y los reos serán ubicados en este enorme caserón hoy desaparecido. La entrada al edificio se encontraba al final de la actual calle Ansoleaga. Y por ella saldrán durante varios siglos los condenados a muerte en la Pamplona del Antiguo Régimen, realizando un recorrido marcado por tradición que recorría los antiguos tres “burgos” antes de abandonar este mundo.

Fue a principios del siglo XX, encontrándose dicha prisión en un lamentable estado, con celdas enmohecidas y viejas como los recuerdos de todos los que por ellas pasaron, cuando se decidió otorgar a la ciudad de una nueva, limpia y moderna cárcel, que perdurará en el tiempo hasta inicios del siglo XXI, momento en el que será demolida y trasladada a las afueras de la ciudad.

Pues bien, una vez hecho este pequeño recorrido por los lugares más significativos de reclusión de los condenados y antes de tratar los diferentes tipos de condenas, hablemos del ejecutor, hablemos de los verdugos.

Hasta finales del siglo XIV no parece que existiese el oficio de verdugo como tal. El borreu, borrel, sayón o en latín interfector,eran individuos que por unas monedas y empujados por la necesidad asumían de manera temporal el papel de brazo ejecutor de la justicia. Es más,  el propio verdugo era quien se encargaba de llevar al condenado al patíbulo. Por ejemplo, podemos ver en un antiguo documento que el 9 de mayo de 1369 Johan Lopiz de Salvatierra, de oficio pelletero, es ahorcado por hurtos en la ciudad de Estella y se nos habla de los cinco sueldos que le dieron “al hombre que lo llevo del cabestro et fezo la justicia”. O como el caso de Martín Ruiz de Erro, que en 1346 fue condenado a morir ahorcado, pero antes había sido previamente arrastrado de la cola de una caballería y se pagó a “al qui lo enforca et guyda la bestia” El motivo de que el ejecutor no fuese siempre la misma persona se debería con seguridad al rechazo que éste generaría entre sus vecinos. No obstante, con el paso de los años y llegados a finales del siglo XIV encontramos ya institucionalizado el oficio de verdugo y justicia del Rey. 

Pasemos ya, una vez presentado el lugar y a uno de los protagonistas, a las diferentes, imaginativas y expiatorias condenas con las que nuestros antepasados castigaban a los criminales. En las leyes navarras, reflejadas en sus fueros, podríamos encontrar diferentes tipos.

Por un lado estarían las llamadas penas menores. Dentro de este grupo se encontrarían la picota, los azotes, desorejamientos y las mutilaciones de miembros. 

Por el otro encontraríamos las penas mayores como ahorcamientos, quemados en la hoguera, enterrados vivos, ahogados, estrangulados, apedreados, degollados, despeñados y descuartizados (previa ejecución)

Respecto a la picota, hay que señalar que en ella se solían condenar a las personas que habían cometido delitos de poca importancia o no mortales. Ésta condena consistía en permanecer atado de pies y manos durante una temporada antes los ojos de sus vecinos y viajeros buscando su vergüenza y escarnio. Encontramos en la ciudad de la Navarrería una picota o pellerique donde luego se situará la Cruz del Mentidero, justamente en el cruce entre Mercaderes y arranque de Estafeta. Esta era una de las entradas a la ciudad y tiene todo el sentido del mundo ubicar en ella dicha herramienta de la justicia. Por ejemplo, en 1352 se expondrá en la misma a una mujer que había sido condenada a permanecer en la picota tras ser azotada por intentar asesinar a su marido con una hoz. Cabe decir que dicha cruz del Mentidero actualmente la podemos encontrar, por lo menos el fuste de ésta, junto al Caballo Blanco, donde pasa desapercibida para muchos de los que disfrutan de la vida en la magnífica terraza del local acompañados de una buena cerveza y algo para picar. En San Cernin el pellerique se ubicaría en la entrada al burgo, en la llamada calle de las Bolserías probablemente, cerca de la iglesia y del pocico de San Saturnino para que se sitúen. Entre otros casos sabemos que en 1359 se expuso a Martín de Valencia por haber herido a otro de una pedrada en la cabeza.

Pero otra de las funciones de estas picotas, ésta un poco más macabra, era la de exponer las partes de los cuerpos de los ajusticiados y desmembrados. Lo que más se solía clavar en las mismas eran las cabezas de los ejecutados por delitos mayores, con un gran impacto para los transeúntes que pasaban cerca de ella. La mayoría de los casos se trataba de bandidos que habían sido detenidos a lo largo de la geografía del reino y las partes de su cuerpo, cabeza, brazos, piernas se distribuía entre las diferentes poblaciones para aviso a futuros delincuentes.

El desorejamiento y los azotes se solían aplicar con mucha frecuencia y poco se necesitaba para que uno fuera condenado a uno de esos castigos. Solía tratarse sobre todo de robos menores. El condenado recorrería las calles de la población y tras congregar a un buen número de curiosos se ejecutaría la condena. Se buscaba con ello señalar al culpable de manera pública y física. 

Un paso más en cuestión de castigos, pero aún dentro de los llamados menores, serían las mutilaciones. Dejando a un lado los desorejamientos, las penas de amputación más comunes en Navarra fueron el corte de manos y lengua. Aunque llegado el caso, éstos pueden ir seguidos de una sentencia mayor como el ahorcamiento. Podemos encontrar condenas por robar ganado, donde al ladrón le cortarán los dedos, mano o brazo, dependiendo de cuánto entrara en el cencerro del animal sustraído. Incluso castigos un tanto más salvajes como arrancar una tira de piel de cuatro dedos de grosor desde la cabeza hasta la rabadilla y de las piernas hasta los talones. También existieron casos de castración, destinada sobre todo para los adúlteros descubiertos in fraganti por el marido o para los padres de doncellas ultrajadas.

De las penas mayores, los ahorcados serían los más numerosos. Las horcas se situarían en lugares públicos y de paso con un claro interés ejemplarizante y admonitorio. Por ejemplo, encontraríamos horcas en el camino de Acella (cerca del puente medieval que cruza el río Sadar en las proximidades de la Universidad de Navarra). Otro de los lugares más característicos para las ejecuciones por ahorcamiento fue en el llamado Prado de San Roque, ubicado en el actual parque de Antoniutti, lugar al que volveremos más adelante, al tratar el tema durante la Edad Moderna.

Los condenados a morir quemados vivos, dejando a un lado los Autos de Fe inquisitoriales de época posterior, serán un tanto escasos a nivel institucional. Me explico, son pocos los datos que quedan en archivos referentes a este castigo aplicado por las autoridades. Podemos encontrar alguna condena aplicada por relaciones sexuales entre un cristiano y una judía o musulmana, pero son raras de hallar. No obstante, otra cosa serían las justicias populares, quienes tomándose la ley por su mano iluminarían más de una vez los cruces de caminos y las plazas de los pueblos con victimas sacadas del fondo de sus fanatismos y miedos villanos.

Se conoce también casos de enterrados vivos. Los crímenes solían ser robos y otros agravios peores y la pena se aplicaba fuera de las poblaciones, incluso en el mismo lugar donde se le ha pillado cometiendo el delito. 

Mención aparte merecen los ahogados. Este tipo de ejecución fue el más común en Navarra tras el ahorcamiento y muchos eran los delitos que conllevaban ser lanzado al río. Las modalidades para hacerlo podían ser varias. Estaba la de introducir al reo en un saco y lanzarlo al agua o la de atarlo de pies y manos y lanzarlo al río, previamente habiéndole asegurado a una estaca o árbol para que más adelante sus familiares recuperasen lo que quedaba del cuerpo. En Pamplona nos podemos imaginar a la comitiva y curiosos bajando al río Arga a la altura del puente de la Magdalena o el de Curtidores y de una patada deshacerse del condenado.

Otra de las modalidades de ejecución que existía en el viejo reino medieval estaba la del despeñamiento. Consistía en subir al reo a una altura y dejarlo caer. Los delitos podían estar relacionados con asesinatos, robos e incluso se aplicó a importantes personajes que utilizaron su posición para enriquecerse de manera fraudulenta y fueron descubiertos por las autoridades. En Pamplona destacaría la torre de la Galea. Hoy desaparecida, se levantaría junto a la entrada del burgo de San Cernin, en el actual hotel Pompaelo, cerca del actual pasaje de Seminario. Pues bien, los condenados serían subidos hasta lo alto de la torre, que según los textos la describían como muy alta, y serían arrojados hasta morir. Y digo “hasta morir” pues hubo algún caso que el preso, tras caer la primera vez, quedó moribundo y fue de nuevo subido y arrojado. Siniestra estampa la de esta torre de la que también colgarían ahorcados y estarían clavadas las cabezas de otros ejecutados.

La Edad Media quedará atrás y llegarán tiempo modernos donde también se modernizará la justicia y sus castigos. Llegamos ya a la Edad Moderna y desde el siglo XVI hasta el XX encontraremos en la ciudad dos modalidades de ejecuciones muy bien ubicadas en Pamplona. Por un lado la tradicional horca se llevará a las afueras de la ciudad, en el Prado de San Roque (actual parque de Antoniuti) y por el otro hará aparición con el paso del tiempo el Garrote Vil, que se situará en la actual Plaza Consistorial. Pero de ambas modalidades hablaré en la siguiente cita, pues creo que para esta vez ya vale de sangre y muerte ¿no creen?

(Continuará)

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