Saludos de nuevo, queridos lectores. Retomamos hoy el oscuro sendero de las penas y ejecuciones en la vieja Pamplona. Así que salden toda deuda terrenal y pongan a bien sus almas, pues ha llegado la hora de dirigirse hacia la última puerta. Adelante, sin miedo y con la vista al frente. Pasen y lean.

Al morir la Edad Media con ella también desaparecieron muchas de las antiguas prácticas del fuero referentes a condenas y castigos. Dejamos atrás las desollaciones y las cabezas colgando de los portales de la ciudad. Llegamos a una época en la que, por lo menos, los enterrados ya han muerto previamente. 

A partir del siglo XVI y hasta el XIX, dos serán las modalidades de aplicar la justicia final en Navarra (y por tanto en toda España): la horca y el garrote. Si bien es cierto que la imaginación del ser humano para proporcionar dolor permanecerá en activo en otros muchos campos. Por ejemplo, la confesión de un reo seguirá sin ser válida si previamente no se aplica algo de tortura, aunque sea un poquito. Esta bonita manera de obtener declaraciones sin manipular se verá interrumpida brevemente por la constitución de Cádiz de 1812. Pero con el regreso de la sombra absolutista de Fernando VII volverán a las andadas durante unos cuantos años más. Siempre ha resultado difícil en este pueblo terminar con las viejas tradiciones. 

Los castigos físicos “menores” seguirán aplicándose durante muchos siglos. Fijémonos si no en la afición que tenía nuestro inmortal Espoz y Mina de amputar las orejas a aquellos compatriotas que se atrevían a comerciar con los franceses durante esos felices años de la Guerra de la Independencia. Eso, ojo al dato, cuando no los pasaba por las armas. Como dijo aquel “para luchar con monstruos debes convertirte en un monstruo” Bueno, en monstruo no se yo, pero solo digo que a nuestro guerrillero le llegaron a conocer popularmente como “el cortaorejas”.

No nos podemos olvidar tampoco de todas esas ejecuciones de la justicia por parte del pueblo culto y moderado; de esas efervescentes, improvisadas y demoledoras reacciones de las personas de a pie hacia quienes consideran un delincuente y culpable de un delito que está bien demostrado…o no, y que jamás lo entregarán a las autoridades, ya que siempre hay una sima, un barranco o un árbol más grande que otro para acoger a un pobre desgraciado más. Persecuciones religiosas, brujeriles, sexuales…condenas al “diferente”, que será arrancado de raíz del lugar en el que vive sin explicaciones y con el mayor de los odios. Vamos, que aun habiendo olvidado ya los “salvajes” siglos medievales y entrado en la época de la luz y la razón, aún quedan muchos rincones oscuros en el alma de los hombres.

Dejamos a un lado las penas oficiales de galeras y trabajos forzados en minas y canteras. No vamos a entrar en ese maremágnum de sangre y espaldas rotas a latigazos y vamos a centrarnos, como ya les he anunciado, en las dos modalidades clásicas de ejecución en Pamplona.

La horca es una vieja conocida para todos. No solo desde la edad media, sino de muchísimo antes. Casi, podríamos decir, desde que hay cuerdas, cuellos y algo para sujetar el peso. Pero es ahora, a partir del siglo XVI, cuando se va a situar de forma única y permanente en el llamado prado de San Roque, cerca del actual parque de Antoniuti y las piscinas de Larraina. De esta manera desaparecerán los diferentes lugares donde en los siglos anteriores se había aplicado la justicia. En ese prado, el día de la ejecución, encontraríamos una escalera de tijera. Por un lado subiría el condenado y por el otro el verdugo. Le colocaría el lazo y bajaría, dejando a su cliente en un equilibrio entre la vida y la muerte. Tenía derecho a hablar y pedir perdón, pues debemos recordar que en el fondo no somos bestias. Tras ello, comenzaban a rezar el Credo en voz alta y al llegar a la parte en la que se dice “su único hijo” el verdugo apartaba de un golpe la escalera y se abrazaba a los pies del condenado tirando con su propio peso hacia abajo para agilizar la muerte y que no se quede “bailando el viento”, como se decía. 

Así terminaba una vida, pero no la sentencia dictada. Por un lado, el cuerpo debía estar varias horas de exposición para escarnio y advertencia, y por otro, pasado ese tiempo, podía seguir teniendo tarea por hacer, ya que algunos eran condenados a algo más que a morir en la horca. Como por ejemplo el caso de María Josefa de Aróstegui y Gaztambide, la cual, el 20 de noviembre de 1775, por haber matado a su marido, fue sentenciada a morir en la horca, encubarla -introducirla en un tonel de madera- y tirarla al río Arga. O también el de Miguel Andrés Pinto, quien fue condenado por sodomía a ser colgado, quemado y hacer desaparecer las cenizas tirándolas al río un 7 de noviembre de 1767. Como pueden ver se trata de dos delitos terribles y que estando a la misma altura merecían penas casi similares: asesinato y sodomía. Y digo casi similares porque más adelante verán ustedes cómo la señora, aun siendo una asesina, fue tratada de manera más misericordiosa que al pérfido sodomita de Miguel Andrés. 

La aplicación del garrote la encontramos en Pamplona por vez primera en 1693. Se situaba en la llamada plaza de la Fruta, la actual plaza Consistorial, frente a la fachada del ayuntamiento. Se colocaba un pilar de madera atravesado por un largo y grueso tornillo que se giraba por medio de una palanca. El reo era sentado en una banqueta y sujeto el cuello al poste por un collar de metal. El verdugo debía girar el tornillo para que éste saliese por el lado donde se situaba el cuello del condenado y partirle la columna vertebral en dos. El asunto no solía salir siempre bien, pues hubo ocasiones de cuellos fornidos y verdugos flojos, donde la muerte rápida se convirtió en una terrible agonía de dolor y gritos. Tras la ejecución, lo mismo que con la horca. Para unos ya había terminado todo, pero para otros aún quedaban cuentas pendientes. Sirva de ejemplo el caso del homicida Fermín Antonio Juangorri, quien un 19 de septiembre de 1829 fue agarrotado, le cortaron las manos y le tiraron al río.

Ya ven ustedes que no faltaban formas de hacer pasar a mejor vida a los malhechores. Pero no quisiera terminar este escrito, sin sacar a la luz el antes y el después de la ejecución, pues es digno de darle un par de pinceladas. 

En la actual plaza de San Francisco se situó desde el siglo XVI hasta el XIX la cárcel de la ciudad. Allí, en viejos calabazos llenos de humedad, frío y mugre, se encerraba a los malditos en espera de una sentencia. La noche anterior a la ejecución, el criminal era llevado a un cuarto donde sería atendido por un religioso y por los cófrades de una Hermandad digna de mención: la de la Vera Cruz. Ésta estaba compuesta por ciudadanos pamploneses que deseaban ayudar en sus últimas horas al condenado y realizar una labor cristiana con su cadáver tras la ejecución. Pues bien, como les decía, el reo pasaba la noche a base de rezos, confesión, vino dulce y bizcochos. Por la mañana, a las once, salían todos por la puerta de la cárcel, deteniéndose antes en el zaguán de la entrada frente a una imagen de la Virgen que allí había y a la que le receban una oración. En la calle estaba esperando toda la ciudad, pues pocos espectáculos como ese había a diario y nadie se lo perdía. La organización de la procesión hacia el lugar de la ejecución era siempre la misma: por un lado el condenado, al que se le seguía dando vínico dulce y bizcochos, el clero con las cruces, cirios y demás ornamentos, los hermanos de la Vera Cruz a los lados pidiendo limosnas para pagar entierro y misa, y algún guardia que otro para mantener la compostura de los presentes. Vamos, todo bien preparado y sin dejar un resquicio a la más mínima variación del protocolo de muerte. El trayecto de la comitiva era también fijo: calle San Francisco, Nueva, plaza del Consejo, Zapatería, escalericas de San Nicolás, plaza del Castillo, salida a Estafeta y de ahí hasta Mercaderes. Si la sentencia había sido la del garrote: fin del trayecto en la plaza de la Fruta. Si no, seguimos por la calle Zapatería, San Antón a salir a la Taconera y al prado de San Roque donde esperaba la soga. 

Tras el tirón de la cuerda o el girar del tornillo, el cuerpo debía espera unas tres o cuatro horas, según dictaba la ley, hasta que se pudiera retirar o seguir aplicando la condena, como ya he contado antes. En ese momento era cuando entraban de nuevo a escena los miembros de la Vera Cruz, ya que eran los que se hacían cargo del cadáver del desdichado, llevándolo en procesión hasta la iglesia del desaparecido convento de San Francisco y enterrándolo de manera cristiana con las oraciones pertinentes ¿Y si el cuerpo había sido lanzado al Arga tras la ejecución como dictaba su sentencia? Pues ahí que se metían nuestros buenos Hermanos a cogerlo, hiciera frio o calor. Imagínense ustedes en junio, pero…¿y si estamos en febrero y en medio de una generosa nevada? 

Trato cristiano y humano del cadáver de un pecador. Pero esto no se aplicaba a todos, no señor. Pues si te acusaban de sodomía, como al bueno de Miguel Andrés Pinto, no eras digno de ser enterrado en suelo sagrado, ya que tu pecado era considerado uno de los peores de todos, y por ello tus restos serán quemados y tus cenizas arrojadas al río. Ahí no había nada que hacer, nada que rescatar, ningún cuerpo que llorar.

Será a partir de 1822 cuando el Código Penal introdujo en toda España la práctica del garrote como única pena, haciendo desaparecer con ello la vieja horca y dejando en su lugar un bonito sitio donde hoy paseamos, patinamos y nos bañamos en las piscinas. En 1840 se ordena que los agarrotamientos se hagan en los glacis de la ciudadela y algo más tarde junto a la Puerta del Socorro, dejando libre de cadáveres nuestra plaza Consistorial. Y ya en 1894 se prohibirán las ejecuciones públicas, pues a partir de entonces se desarrollarán en el interior de la cárcel. Noticia que a más de uno seguro que no gustó, ya que se perdió el didáctico y encantador momento de llevar a los niños a las mismas para que observasen lo que les pasará si no siguen el buen camino marcado por la ley y la sociedad.

Esperemos que jamás veamos de nuevo esas procesiones, que nadie más tenga que meterse en el río para esos menesteres, que nuestras calles no vuelvan a escuchar los sonidos de la muerte y que el único olor a hoguera que tengamos sea el de una buena barbacoa para celebrar la vida.

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