Lunes, 2 de mayo de 1808. 

María Josefa Landarte salió de casa temprano. Debía entregar el paquete de riñones frescos de cordero en el palacio del Virrey. Al señor marqués de Vallesantoro le gustaba empezar el día con un buen desayuno y el de hoy seguro que lo disfrutaba de lo lindo. Aún notaba el calor de la casquería en sus manos mientras iba caminando por las calles de la ciudad, dejando un pequeño rastro de gotitas de sangre. 

Sonaron las ocho en la torre de la catedral cuando llegó a palacio. Junto a la puerta se encontraba un carruaje vigilado por un grupo de soldados franceses. Franceses. Tan elegantes como altivos. Se creían los dueños de todo y te miraban con una chulería que a veces le daba ganas a una de estamparles un tortazo. En fin, incómodos aliados que había que mantener y cuidad como a respetados amos. Ya llegará el día de su marcha, de eso estaba segura.

Al llegar a la puerta, Antonio, el guarda, le dio los buenos días. Tras los saludos de rigor, el piropo de costumbre y la pícara sonrisa de un rostro de más de medio siglo, recogió el paquete con los riñones y se despidieron. Franceses… ni siquiera habían tenido la decencia de dejar de escuchar la conversación “¡Cotillas! ¿Pero quiénes se pensaban que eran?”

Cuando bajaba por la cuesta de palacio se cruzó con dos mozos que salían al campo a trabajar. Desde que nuestros aliados tomaron por sorpresa la ciudadela, se supone que por nuestro bien, las cosas se habían ido tensando entre todos. Los dos chavales escupieron al suelo al ver a los gabachos. “Pobres insensatos ¿pero qué iban a hacer con sus palos y navajas contra sables y fusiles?” Existía una sensación de impotencia muy grande, pero había que tragársela, no quedaba otra.

Le gustaba el olor de la carnicería por la mañana. Jamás lo hubiera pensado cuando se casó y comenzó en el oficio. Pero las cosas cambian. Nada permanece sin alterar. Se ajustó la mandarra y abrió la puerta del local. Otro día por delante y una semana más en su vida. Aunque la verdad es que no había comenzado mal. Anoche Matías se había portado como un buen marido. Y aunque la tormenta había despertado varias veces a su hijo Andrés, tardó poco en dormirse. Así que la sonrisa con la que abrió el ojo por la mañana le dijo que iba a ser un buen día. Estaba segura.

Sonaron las diez y aún seguía cortando en trozos el cordero que habían matado hacía apenas unas horas. Las manos pegajosas de sangre. Sangre. Su olor, su sabor… le costó acostumbrarse a él, pero ya era como un segundo aroma en su vida. Salió a la calle y colgó los trozos del cordero junto a la puerta. “Menuda matanza” pensó. Aún le daba cosa mirar las cabezas sin piel y esos ojos saltones como enloquecidos. Varios vecinos pasaron y saludaron. Y ahí estaba ella: la dama teñida de rojo hasta el cuello, con trozos de carne bajo las uñas, viendo a una cuidad vivir desde la puerta de su carnicería. 

Entró, limpió de sangre el suelo de la trastienda y se sentó un segundo a descansar. “¡Menudos berridos había dado el bicho al matarlo!” Aunque bien pensado, no le gustaría a ella estar en el lugar del cordero “¿Gritaría? Seguro que muchísimo más ¡Qué cosas tenía la vida! Fuera, en la calle, la vida; dentro, frente a ella, la muerte” Pero bueno, ya era hora de levantarse y seguir con el trabajo. Había mucho que hacer en este primer lunes de mayo. Mucho por lo que vivir.

Casi era medio día cuando salió con su hijo a realizar un pedido en una casa de la Plaza del Castillo. Entre los dos llevaban la cesta repleta de buenos trozos de jamón. Diez años tenía ya el tesoro de su vida. Todo un mocico, pero con una sensibilidad que le encantaba. Cuando salieron a la plaza casi se les cae todo el producto por el suelo. “¡Pero qué se creen estos imbéciles!” Por poco no les pisotean unos jinetes imperiales. Tras una disculpa enmarcada en mofa, se lanzaron de nuevo a realizar otra exhibición de carga de caballería, mientras un grupo de pamploneses aplaudía encantados la destreza de los franceses. Según escuchó a una señora se trataban de mamelucos. Jamás los había visto y ni ganas de volver a verlos. 

Agarraron la cesta fuertemente y dejaron atrás esa pantomima de ridícula hombría. “¿Por qué no se iban de una santa vez? ¿Por qué no les dejaban en paz y regresaban a su maldita Francia?” En ocasiones tenía la sensación de que todo esto iba a acabar mal. Que al final la olla reventaría. Miró a su hijo y guardó para sí sus miedos. Hacía dos días que habían detenido a Javierico, el de Casa Miguel. Le acusaron de haber matado por celos a un franchute de un garrotazo. Al parecer había deshonrado verbalmente a su prometida. “Mal asunto. Como alguien no haga algo y pronto, acabaremos todos como el rosario de la aurora” pensó, mientras entraban en el edificio donde debían hacer la entrega. Un gran portazo silenció el estruendo de las caballerías, dejándolos sumidos en las sombras del portal. Sonó como un cañonazo. “Cañones, eso mismo les daba a esos engreídos franceses”

“¿Qué estará ocurriendo en el mundo ahora mismo?” Desde la entrada de la carnicería veía pasar los mismos rostros de siempre. Rostros familiares y conocidos, que portaban miradas de cariño, preocupación, alegría. Unos felices y otros no tanto. Vecinos que caminaban y seguían con su vida en medio de esa gran incertidumbre, sin mirar atrás. Pues, al fin y al cabo, no es muy recomendable detenerse a mirar el abismo “¿Cómo estarían viviendo esta situación en otros lugares del país? ¿Serían igual de prepotentes los gabachos? Una chispa. Solo se necesitaría una pequeña chispa para hacer estallar este polvorín”

Estaba cansada. Al final el lunes no había sido tan bueno como le hubiera gustado. Un lunes más de un mayo más. Tenía ganas de cerrar la carnicería, quitarse esa mandarra enrojecida de sangre, lavarse las manos y subir a casa; despedir la jornada con la vieja y usada promesa de que mañana sería un día mejor.

Pamplona se iba preparando para la noche mientras se alargaban las sombras de sus edificios. Pero aún y todo, por encima de la tranquilidad de un atardecer de mayo, en las calles flotaba un ambiente enrarecido. Era de locos creer que no estaba pasando nada. Había rumores. Rumores que intentó negar desde el primer momento. Y no porque no los creyese, sino para lograr escapar de la terrible realidad que traían consigo. Matías estaba muy preocupado y, por qué no decirlo, algo asustado también. Los dos conocían el verdadero rostro de los franceses. Su pueblo natal, Nagore, y el de ella, Burguete, sufrieron muchísimo en la última invasión de los soldados de la República francesa. Por eso mismo no entendían por qué ahora eran diferentes. “¿Amigos? ¿Aliados?” Se meaba en esa amistas y alianza. “Una chispa. Solo una pequeña chispa”

La noche invadió la ciudad tan silenciosa como se había ido hacía ya unas horas, pero ella aún seguía en la carnicería con un pedido de última hora. Necesitaba descansar un poco y salió a la calle. Solo se escuchaban los sonidos cotidianos de las casas vecinas, algún ladrido que otro y poco más. Si cerraba los ojos podía imaginar que nada extraño estaba pasando. Pero en su corazón sabía que algo no iba bien. Lo presentía. Como cuando supo que estaba encinta. Esa sensación ajena a toda lógica. Un escalofrío le recorrió la espalda. Ya era hora de dar portazo a ese dos de mayo de 1808. Echó el cerrojo, dejando fuera a sus miedos y a todo un país que jamás volvería a ser el mismo.

No se lo podía creer ¡Y encima con la paliza que llevaba! Pocas cosas le daban tanta rabia como despertarse de madrugada y no poder dormir de nuevo. Creyó escuchar unos disparos. Sería su imaginación, seguro, tal vez lo hubiese soñado. También podía haberse caído algo y sonó parecido. En su casa no había sido, eso lo tenía claro. Matías seguía durmiendo y su hijo también. Tras varias vueltas en la cama decidió levantarse. Caminó hacia la cocina y se sentó en una banqueta junto a la chimenea. Aún quedaban algunas brasas que daban una tenue luz azulada. 

María Josefa Landarte Ezpelegui” se dijo a sí misma. “Pepa la carnicera para mis vecinos ¿Qué me deparará el destino? Mi marido, mi hijo, mi vida, mi mundo, mi realidad ¿Qué futuro nos espera?” Siempre le había dicho Matías que le daba demasiadas vueltas a las cosas. Pero bueno. “¿Alguien de la familia debía hacerlo, no?”

Se acercó a la ventana y la abrió para tomar un poco de aire. La calle estaba completamente vacía y en silencio. “Pero… ¿Qué es eso?”  En el horizonte, lejos, hacia el sur, había un resplandor rojizo. “¿Qué extraño? Es como si algo estuviese ardiendo”

De vuelta en la cama se abrazó a su marido. Tal vez mañana martes fuese el día que siempre había deseado. “Tal vez

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