Contra las etiquetas

Este artículo se publicó originalmente el 7 de Diciembre 2020 en el Diario de Navarra. Una versión se publicó el 16 de Noviembre en Fundación Civismo. La imagen es de Carole Freeman, ·»Duchess and Duke of Winterpeg», una imagen que desafía a ver más de las apariencias.

Si me lo permiten, hoy vamos a hablar de inteligencia artificial y de política, y de porqué no es buena idea simplificar.

Sabrán ustedes que ya está muy demostrado que el ser humano decide, en la gran mayoría de las ocasiones, por lo que llamamos “reconocimiento de patrones” y no tras un análisis razonado. Vemos que una situación se parece a otra en algunos aspectos y asumimos que son iguales en otros. Es algo que nos sirve para predecir la trayectoria de una pelota, reconocer un paso de cebra, o interpretar una expresión. Es rapidísimo. Y funciona mejor cuanta más experiencia (más patrones) acumulamos.

Es algo que también hacen los animales. Y es justamente cómo funciona lo que llamamos Inteligencia Artificial. Se la entrena ofreciéndole miles de casos de algo, para que aprenda a correlacionar indicios. Así, por ejemplo, son capaces de analizar imágenes médicas y detectar cánceres. O predecir lo que vas a escribir en el móvil.

El reconocimiento de patrones tiene sus límites. Un experimento particularmente serio demostró que se podía engañar a un sistema de IA militar para que confundiera unos símbolos concretos con imágenes de tanques. Otros experimentos (involuntarios) han demostrado que estos sistemas son perfectamente capaces de producir criterios racistas. Porque no analizan los datos que tienen, ni tienen todos lo datos. Ven violencia en zonas con población negra y asignan a cualquier persona negra una probabilidad alta de ser violentos.

Los sistemas de IA sólo correlacionan, observan. No analizan, no entienden. Pueden predecir, pero sus modelos son limitados (y en general no sabemos ni cuáles son). Las decisiones que toman pueden ser correctas en casos estándar, que tengan el mismo trasfondo y contexto que los de su entrenamiento. Pero ese es su límite.

Los humanos tenemos otras formas de decidir. De ahí lo de “animales racionales”. Podemos intentar entender lo que pasa, ir a causas no evidentes, aplicar criterios de valor complejos. Podemos ir más allá de las etiquetas. Nos hemos dado cuenta de que las cosas no son siempre lo que parecen. Una parte no permite juzgar bien el todo.

Un concejal de Bildu puede tener una buena idea sobre urbanismo. El banquero central de Hitler hizo bien en abandonar el patrón oro. Picasso se portaba de pena con las mujeres. Tomás Moro, el primer utópico, creía en la esclavitud. Indalecio Prieto fomentó un alzamiento contra la República. Una sola etiqueta no basta para describir todas las facetas de nada, y menos de una persona. No se puede juzgar correctamente nada ni nadie por una etiqueta.

Tendemos a simplificar. Nos hace la vida más fácil, sobre todo cuando tenemos poca información. Nos hace más ágiles. Cuando la decisión es urgente o poco relevante, una decisión por patrones (“instintiva”, que es lo mismo) normalmente nos conviene. Pero si le cuestión es importante y podemos informarnos bien, la única opción sensata es intentar ver más allá de las etiquetas. Ser racionales, y razonables.

La trampa básica de la propaganda política es la generación de etiquetas. Etiquetas de buenos y malos, de propios y ajenos, enemigos y aliados. Esas etiquetas, por definición, mienten, y están diseñadas para tapar los detalles. Las propuestas absurdas, los líderes corruptos, la incompetencia, se envuelven en etiquetas favorables (son “los nuestros”). Las ideas que podrían ayudar, las personas válidas, las buenas intenciones, no son rivales para una etiqueta hostil.

Porque para muchas personas, la vida política es aún más sencilla que el fútbol. Los que apoyo son los de tal etiqueta, llueva o haga sol, hagan lo que hagan, pacten lo que pacten y se alíen con quien se alíen. La Historia muestra hasta qué punto estas simplificaciones acaban mal… y ese es un patrón que no es malo reconocer y tener en cuenta.

Cuanto más complejos son los tiempos y más confusa la información, más razonable es recurrir a juicios sencillos y etiquetas. De ahí la facilidad del populismo para extenderse en las crisis, y la tendencia del populismo a ofuscar las fuentes fiables. Dónde no hay verdad, sólo queda fiarse de las etiquetas. Lo mismo ocurre con la capacidad de análisis y la educación: su ausencia fomenta el etiquetado simplista.

Les dejo a ustedes sacar consecuencias, razonando o por patrones. Sólo les pido que distingan las personas de las etiquetas.

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