Las lavanderas y el fabricante de jabón (parte I)

Hace ya muchos años que las lavanderas dejaron de realizar su trabajo a orillas del río Arga. En sus aguas no se ven ya reflejados los rostros de esas sufridas mujeres que vieron pasar sus vidas arrastradas por la corriente. Criaturas fuertes, endurecidas por un oficio que pocas concesiones hacía a la flaqueza.  

            Su jornada comenzaba con las primeras luces del alba. De oscuros portales todavía durmientes salían cargadas con las ropas de otros. Un saco, una paleta, una caja vacía de sardinas eran sus herramientas de trabajo. Desfilaban hacia el río. Unas en silencio, otras con animada charla. Después de los saludos a los portaleros se encaminaban a su puesto. El Arga les esperaba ajeno al calor, al frío, a las nieves o heladas. Arrodilladas dentro de la caja, con el saco doblado para estar más cómodas, comenzaban su tarea. Manos enrojecidas, espaldas doloridas y la vuelta a sus hogares cargando con el peso de la ropa era el pago a un duro día de trabajo. 

            Se apoyaban unas en otras. Ese era su mundo. Un mundo en el que podían sentirse libres de las cuatro paredes de sus hogares y de las normas sociales de la época. Mujeres valientes que se enfrentaban a los problemas del día a día con firmeza. Que no tenían pelos en la lengua a la hora de exigir sus derechos. Véase como muestra de todo esto la siguiente carta dirigida al Ayuntamiento de Pamplona.

Excelentísimo Señor.

Las que suscriben en su nombre y en el de las demás compañeras que constituyen el gremio de lavanderas de esta ciudad con el debido respeto a Vuestra Excelencia exponen.

Que con el mayor dolor ven aproximarse de nuevo el invierno sin que aparezcan señales evidentes de que la corporación toma con interés tan importante establecimiento. Tres años hace ya que las lavanderas de Pamplona esperan la construcción de un triste cubierto donde poder librarse de los rigores del invierno, durante cuyo tiempo han visto perecer a varias de sus compañeras efecto de tener que hacer sus labores a la intemperie. Durante este periodo de los tres años han visto también con pena que la corporación, sin acordarse siquiera de estas pobres víctimas del trabajo, han gastado cuantiosas sumas en adornar la plaza de la constitución con grandes farolas.

¿Quiere decir esto Excelentísimo Señor que las lavanderas no contribuyen como los demás a los fondos municipales? ¿Son acaso hijas espureas de la ley? ¿Es por ventura que piden a la corporación alguna cosa injusta?

Las exponentes creen que nada de esto hay pues lo que quieren es un cubierto con agua para hacer su trabajo que les libre de las inclemencias del cielo y aun esto pagándolo. Es pues de todo punto urgentísimo que la corporación se ocupe de un asunto de tan vital interés, antes que el invierno de 1881 al 82 se lleve a alguna de las que suscriben o de sus compañeras: Por tanto pues a Vuestra Excelencia suplican encarecidamente se digne teniendo en cuenta la triste situación de las lavanderas de Pamplona ordenar la construcción de un lavadero aun cuando fuese de tabla donde las exponentes puedan hacer sus labores con alguna comodidad. Gracia que no dudan obtener de su paternal solicitud.

Pamplona 22 de agosto de 1881.

Antonia Elizalde. Manuela Erbiti. María Ibarra. Severa Labalde. Anselina Velez. Francisca Arrarás. Gabina Ulzurrun. Polonia Goñi. Tomasa Arriaran. Gabriela Yzco. Estefanía Isturiz. Filomena Domende. Celestina Goñi. Concepción Molina. Francisca Esain. Trinidad Lopez. Martina Ripa. Benita Garayoa. Polonia Villanueva. Brígida Zazpe. Antonia Santesteban. Simona Lanz. Teresa Gamboa. Josefa Garralda. Josefa Echarren. Salustiana Galar. Francisca Manterola.

            Y es que esa era la realidad a finales del siglo XIX. Aun siendo un oficio necesario, carecían de las mínimas atenciones. Muchas eran las que enfermaban por las condiciones del trabajo. Todo el día con el agua hasta las rodillas y con los brazos mojados, hiciera calor o frio, acababa con la salud de muchas. Su grito de ayuda no fue debidamente escuchado en muchos años. En documentos de 1879 se puede ver cómo el Ayuntamiento intentó buscar una zona propicia para construir un cubierto donde pudieran realizar su trabajo con mayor comodidad. Incluso se estudió la creación de lavaderos con coladores y tendederos al vapor. Pero todos los proyectos caían en saco roto por motivos diversos. Desde los meramente técnicos, hasta algunos más curiosos. Véase el siguiente argumento dado por el arquitecto municipal el 9 de octubre de 1879 para no colocar un  lavadero junto a la Puerta Nueva.

En primer lugar el sitio en mi concepto no es a propósito ni por su situación ni por la cantidad de agua de que pueda disponerse; por su situación porque se coloca a la entrada obligada de esta población una clase que aun cuando digna de mirar por ella, no acostumbra a conducirse con la compostura necesaria para hacer formar buena idea de una población que la pone a la vista de todos los viajeros que vengan a Pamplona.

            Entre informes y papeleo pasaban los años y las lavanderas seguían sin disponer de un lugar digno de trabajo. Las intenciones ahí estaban, pero nadie las llevaba a la práctica. Y es aquí donde aparece un personaje que la Historia ya ha olvidado. Un pamplonés que deseó ayudar a estas sufridas mujeres y que lo hizo hasta que se acabó su tiempo. (continuará)

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