Tardecita de sábado en la capital mexicana

(Artículo publicado originalmente en 2011, republicado en el Día de los Muertos para recordar lo mucho que compartimos y lo mucho que no sabemos de la capital de la Nueva España).

El 29 de octubre pasado habría sido un sábado más de no ser por su vecindad con el día de los muertos, una de las fiestas más vivas y vitales del país. Pero a esta circunstancia se debía la presencia en las calles de más puestos ambulantes y la presencia en los puestos, así como en las calles, de más útiles de los habituales. Dulces de muertos, ropa de muertos, pinturas de muertos, máscaras de muertos, rituales de muertos -junto a las variopintas artesanías tradicionales de muertos-, más el inmoderado gozo que todas esas cosas producían en cada miembro de la festiva cofradía de la muerte.

Habría sido, digo, un sábado más, pero en ningún caso un sábado cualquiera. Porque en los tres y kilómetros y medio que, a ojos de buen cubero, componen la línea recta que lleva desde la Plaza con el Monumento a la Revolución –recientemente remodelada: más circular y como más acuática en su estructura, en la que el célebre, imponente y contradictorio monumento, sin embargo, más parece haber echado el ancla que flotar- hasta el corazón del corazón mexicano, el Zócalo capitalino, y que el caminante recorre a paso medio en algo menos de una hora, la comedia de la vida se enriquecía con nuevos personajes, menos pintorescos que la muerte, quizá, pero mucho más tangibles: los ciudadanos de la capital, que en oleadas recorrían partes del trayecto, siempre en compañía de turistas arrancados de un sinfín de geografías.

Hasta Reforma, en realidad, sí era un sábado cualquiera, pues sólo el domingo el gran Paseo abierto por el emperador Maximiliano para trasladarse desde su residencia en Chapultepec hasta el Palacio Presidencial, en el Zócalo -con el que, en burla del destino, obtuvo gracias al urbanismo la gloria que la política le negó-, es arrebatado por la bicicleta al infernal tráfico que el resto de la semana lo asola, tanto como los oídos y el derecho a la salud de los supervivientes. Pero ahí, insisto, la venganza sólo se cumple en domingo, por lo que el sábado tan sólo permite degustar anticipadamente su sabor. Pero una vez vencido con éxito el riesgo que supone cruzarlo, momento en los que uno piensa si no hubiera sido mejor tener el testamento hecho, el tráfico de vehículos era sustituido por el de personas, que se adensaba más y más cuanto más cerca quedaba el parque de la Alameda, ese lugar que durante el Porfiriato estaba vedado a quienes caminaran sin zapatos, razón por la cual una gran parte de la población se veía obligada a contentarse con mirarlo de lejos, como si fuera el jardín de los deseos que nunca se hubieran de cumplir.

Hoy todo ha cambiado, y el parque es un espacio público más conquistado por una animada ciudadanía, del que toma posesión a diario, pero que en sábado se congrega allí, puntual pero sin cita, para auto-festejarse. Y en sábado, decenas de buhoneros llegados de las entrañas de la tierra brotan como flores barrocas en el espacio aún no ocupado, y a su paso la imaginación hecha artesanía se despliega en abalorios de todo tipo, juguetes, adornos, colgantes, etc., que rivalizan con libros viejos, espectáculos más o menos improvisados y más o menos vistosos, comida y más comida, porque siempre, a todas horas, se mire adonde se mire se verán mexicanos comiendo en la calle. Hoy, además, el tiempo acompañaba; había sol sin hacer demasiado calor y, por si acaso, una brisa fresca recorría el espacio en sombra cobijando a los acalorados. El sol, además, se había detenido sobre la fachada del Palacio de Bellas Artes, como si quisiera sacarla de su contexto e inmortalizarla, mientras, en la propia Alameda, chisporroteaba con la inmensa marea de colores que desde todos los objetos la inundan.

Olores, colores, sabores. Los sentidos proseguían su cabalgata hasta la Avenida de Madero, un héroe más de la Revolución que, como tantos otros, murió asesinado, enterrando en su sepultura buena parte de los ideales liberales que por un tiempo la acompañaron. Allí, literalmente, un río de personas paseaba arriba y abajo, hasta las dos plazas-mares de Bellas Artes, en un extremo, y del Zócalo en el otro. A la procesión se sumaban organilleros que ponían los tímpanos de punta con las estridencias del instrumento que ha perdido todo parentesco con la música (más bien, se diría, que están ahí anunciando algún tipo de apocalipsis); personas-estatua, demostrando una vez más que sólo el infinito limita con la imaginación, como también lo demostraba de manera palpitante la exposición de alebrijes que ocupaba medio Zócalo, el simbólico lugar donde la cosmovisión barroca se hiciera un día carne; bandadas de negocios, que aspiran a abrirse paso entre la competencia y hacerse un hueco al sol de la atención del potencial cliente, tentándolo hasta convertirlo en consumidor. Hasta las iglesias coloniales y los palacios presentes en dicha avenida, como aquél en el que Iturbide se soñó inmortal al coronarse emperador, hasta que sopló el primer viento llevándose corona y coronado cual hojas de otoño, se debaten por ser más que meros convidados de piedra y apelan al poder de la sensibilidad en su reclamo de la atención de la gente.

Familias, grupos de amigos, parejas (e incluso individuos solos, los menos, lo que aún vuelve llamativo que Octavio Paz, desde su célebre Laberinto, adivinara la soledad como una parte inmarcesible de lo mexicano) entremezclaban sus anonimatos respectivos en medio del río, quizá incluso sintiéndose ese sueñonación de contorno indefinible que desde el siglo XIX campea en el imaginario mexicano como sujeto del poder, y que cual voluntad general roussoniana no sólo no coincide con la ciudadanía mexicana, sino que incluso cree saberse su dueña. Palabras, miradas, caricias, gestos, gritos, cantos, besos, risas -el vocabulario de la alegría y la tranquilidad-, les seguían el paso; y en los fragmentos de conversaciones que llegaban, en las miradas amables o apresuradas, lejanas, distraídas o pícaras, etc., lo que no se adivinaba era rastro alguno de inquietud, temor u odio.

¿Es que hay dos Méxicos en México? ¿Es que ninguno de los viandantes había contado los 50.000 muertos, cifra espeluznante incluso para la propia Muerte, que descomponen y deslegitiman la presidencia del actual mandatario mexicano? ¿Dónde localizar ahí su olor, su sabor, su color? ¿Cómo es que el país que mantiene un idilio en sus genes con la violencia más criminal y un romance constante con la impunidad que la estimula, puede ser insensible a los muertos y brindar, hasta con la  Muerte misma cuando llega la hora, por la vida?

Porque el río mexicano que paseaba el pasado sábado no era el de la célebre estrofa manriqueña, sino el río efervescente de la vida. Quizá vivir sea sobrevivir con garbo al dolor y, por ello, comporte olvidar, y quizá el hecho de ser un instinto en todo ser vivo significa que somos capaces, personal y colectivamente, de arrancar de raíz el sufrimiento del corazón y, trasladándolo a la cabeza, convertirlo meramente en problema. Y quizá sea esa amarga convivencia de la razón con la vida sea la que nos haga rehuir de la convicción de la nada, de amamantarnos en el nihilismo, y transforme nuestro deber de ser felices en quizá nuestro más sacrosanto derecho.

O quizá todo eso sea falso. Pero lo cierto es que ni siquiera cuando el dolor nos sume en la desesperación acaba con la vida, ni el odio nos arrebata de nuestra cordura el deseo de felicidad. Lo cierto, digo, es que ese vulgar acto de pasear, ese despliegue de inicuanormalidad, con su retahíla de indiferencia y de inercias, me hizo sentir el regocijo de que, a pesar del imperio de la violencia y muerte, la vida en México es una promesa llena de futuro.

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