Para los que no conocen el sitio ni la historia, es una sorpresa increíble. Tiene un poco de escenario de cuento steampunk postapocalíptico y otro poco de casa okupa. Lamentablemente, cada vez tiene más de ruina. Una fortaleza entera, oculta a la vista, enterrada en las laderas de un monte… a cuatro kilómetros de Pamplona. O a siete, si mides lo que queda de la carretera de acceso.

Un testigo de la historia militar del siglo XX que nunca llegó a cumplir su destino, pero que ha visto de todo. Y que ahora no se ve, salvo excepcionalmente, como en la excursión de Pompaelo de esta semana.

El fuerte de San Cristóbal, o Fuerte Alfonso XII, se creó tras la tercera guerra carlista para asegurar los accesos a Pamplona y para hacer de llave de una red de fortificaciones capaz de proteger con su fuego artillero toda la Cuenca. Tardó treinta años en construirse, dando trabajo a cerca de 15.000 pamploneses (en una población que no era precisamente la de hoy, cuando terminó la construcción se produjo una depresión económica). Con espacio para una guarnición de más de 1.100 soldados y capacidad de aguantar un asedio de cuatro meses, fue la mayor construcción de ingeniería militar de su tiempo. Es un antecesor directo de los conceptos desarrollados en la Línea Maginot francesa, pero los avances tecnológicos de la Primera Guerra Mundial lo superaron. Ya estaba obsoleto cuando se inauguró. Nunca llegó a montarse un sólo cañón en sus más de 60 espacios.

Desde Pamplona apenas se intuyen las troneras de algunos de los cañones. El fuerte, que tiene seis pisos de altura en muchos puntos (tres construídos, tres horadados) está cubierto de tierra como protección añadida contra la artillería enemiga. Es invisible. Hasta los tejados están cubiertos de tierra protectora. Y lo que era monte casi pelado se ha convertido en bosque bajo y maleza, que hoy deteriora muchos puntos de la construcción.

El fuerte ha sido guarnición, cárcel y hospital para tuberculosos. Como cárcel, ha alojado a comunistas y anarquistas del levantamiento de 1934, presos comunes, falangistas rebeldes, y presos republicanos durante la Guerra Civil. Tiene hasta su propia fuga famosa, como nos contó el guía, experto en el tema, cuando 15 presos consiguieron abrir las puertas y se produjo una fuga masiva, rápidamente reprimida desde la ciudad. Más de 500 fugados muertos (y otras 21 personas que no lo eran), más de doscientos recapturados (alguno esperando el tren) que aún así vieron su pena conmutada a meses tras acabar la guerra. Dos que consiguieron llegar a Francia, y uno que se entregó después de pasar meses escondido en el monte. Parece que muchos de los presos huidos volvieron a entrar al ver que era inútil, hasta que uno de los cabecillas de la fuga cerró las puertas desde dentro. De película.

El lugar es enorme. Desde finales de los 80, cuando el Ejército dejó de usarlo, ha ido decayendo, con etapas de vandalismo seguidas por reparaciones parciales. Hoy ya no es fácil verlo sin permiso militar, y va convirtiéndose en un montón de ruinas en silencio.

La pregunta evidente es: ¿no se puede hacer algo para mantenerlo mejor, con un mínimo centro de interpretación para que este trozo de la historia de Navarra no se convierta en un simple túmulo sobre el monte de San Cristóbal? Entre Ministerio de Defensa, Gobierno Foral, Ayuntamiento y sociedad civil, ¿no se pueden encontrar soluciones viables? ¿No se puede al menos abrir un concurso de ideas? Porque estoy seguro de que no iban a faltar.

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