«Oligarquía y Caciquismo», de Joaquín Costa

«Oligarquía y caciquismo como la forma de gobierno actual de España. Urgencia y modo de cambiarla» de Joaquín Costa (versión de 1902 corregida y aumentada). Editado en 2021. Ya disponible en Amazon en tapa blanda y edición electrónica.

1898 no llegó de repente. 

El «desastre del 98» supuso para España la pérdida de «la mitad de su población y de su territorio», que ciudadanos españoles de pleno derecho se convirtieran en ciudadanos de segunda clase bajo dominio estadounidense en Puerto Rico, Cuba o Filipinas, así como la pérdida de 100.000 vidas. Supuso afrontar que había dejado de ser una potencia de primer orden en un mundo nuevo que la estaba dejando atrás. Supuso, en fin, una crisis de conciencia que se refleja en la literatura y en la política, y en concreto en movimientos como el regeneracionista que protagoniza Costa.

En este texto, Costa refleja no sólo sus ideas sobre las causas del desastre sino el resultado de un proceso de «información» o debate abierto sobre ellas. Lo que descubre la Información de Costa es un régimen que simula la democracia parlamentaria pero se basa en la manipulación sistemática de las elecciones desde la administración, a través de una jerarquía de «caciques» en cuyas manos queda subcontratada la gestión de los votos. Una jerarquía (una oligarquía) que a su vez domina las instituciones, pervirtiendo completamente el sistema y consolidando no sólo la injusticia sino la ineficacia y la falta de responsabilidad.

Es de notar que en la autobiografía de Theodore Roosevelt, que por aquellas fechas acababa de participar en la guerra de Cuba como voluntario a caballo, se describe una dinámica parecida en la gestión del voto popular. Los “aparatos” aseguraban los votos de sectores enteros mediante tratos con caciques locales, en este caso jefes de barrio más que de comarca pero igualmente capaces de asegurar los votos mediante favores y clientelas, y demasiadas veces implicados en actividades turbias que condicionaban a los cargos electos. Una gran diferencia es que allí cada partido intentaba tener su aparato, mientras aquí era un único Ministerio el que compraba votos para los dos partidos turnantes, eliminando la competencia y la vigilancia, y con ellas el orden legal. Parece que los estadounidenses (y los británicos, que no andaban lejos pese a la admiración de Costa) pudieron controlar la influencia de su propio caciquismo sobre las instituciones mejor que los españoles, pero la institución (por así llamarla) no es privativa de España sino común en todas las democracias poco desarrolladas. Aquí, sencillamente, las revoluciones desembocaron no es competencia de partidos sino en un oligopolio.

El control de las elecciones no ha dejado nunca de ser un objetivo de cualquier ejecutivo: ahí tenemos el gerrymandering o diseño de distritos electorales a medida en EEUU, o la desactivación del voto como táctica. Y la razón sigue siendo que el poder ejecutivo (la administración) sigue controlando la ejecución de las leyes, beneficiando a quien lo controla. Ese beneficio es tanto mayor cuanto menor es la separación entre los poderes, porque en lugar de contrapesos, acaban convirtiéndose en clientelas.

No es complicado ver la similitud entre el problema que describe Costa y la actualidad, con administraciones politizadas y dominadas por partidos que convierten en burla tanto la ley como la igualdad ante ella, aunque afortunadamente menos que a comienzos del Siglo XX. No es complicado ver las trazas del cacicazgo en la corrupción de los grandes partidos, y aún más en la de los nacionalismos. No es difícil ver el paralelismo entre dos generaciones de gobernantes que durante más de veinte años esquivan las reformas necesarias. Y el resultado es el mismo fenómeno: donde la administración no es neutral, la legitimidad de las instituciones desaparece y la población pierde libertad, prosperidad… e identidad política. En este desastre está, identificada con precisión, la raíz original de los separatismos actuales, tanto como la gasolina que los mueve hoy a ellos y a los populismos.

Este libro nos permite ver España como la veían los españoles a comienzos del siglo pasado. Nos ayuda a entender las raíces de las convulsiones que dieron lugar a dos dictaduras, dos repúblicas, la guerra civil más brutal de nuestra historia, y una democracia (esta vez sí) que sigue enfrentándose a problemas demasiado parecidos.

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