Javieristas o Ferministas

El conflicto surgido por quién debía ostentar el título de Santo Patrón de Navarra se desarrolló durante la 1ª mitad del siglo XVII, época en la que se establecen otros patronatos, como por ejemplo el de San Saturnino (1611). Esta sucesión de nombramientos en un corto periodo de tiempo fueron incentivados por la Reforma católica nacida del Concilio de Trento el siglo anterior.

Por un lado encontramos al “joven” San Francisco Javier. Juventud no tanto de edad, sino por la cercanía de su vida, obra y fallecimiento a la época en la que se genera este debate social, religioso e incluso político (murió en 1552) Por otro lado tenemos al veterano San Fermín, figura que venía siendo venerada en Navarra desde el siglo XII.

De San Fermín, nos cuenta la tradición, que nació en la vieja Pompaelo romana en la segunda mitad del siglo III. Sus padres, Firmo y Eugenia, eran paganos y pertenecían a la élite local. A mediados de siglo, proveniente de Toulouse, en la Galia, llegó San Honesto, mandado por su maestro San Saturnino, para evangelizar a las gentes de este lado del Pirineo. Honesto estableció contacto con Firmo y otros dirigentes pamploneses, como Fortunato y Sebastiano, y les dio a conocer el evangelio. A petición de éstos llamó a su maestro, Saturnino, para que viniese a Pamplona y, entre los dos, siempre según la tradición, bautizaron a los primeros cristianos de la ciudad. Firminus, Fermín, el joven hijo del senador Firmo y Eugenia, es convertido a la nueva religión y educado por Honesto. Terminará marchando a Toulouse, desde donde dará el salto como obispo a Amiens, ciudad en la que será martirizado en el año 303. San Honesto moriría antes; unos dicen de vejez, otros martirizado en las persecuciones del emperador Aureliano del año 270. Saturnino terminará sus días siendo arrastrado por un toro por las escalinatas del templo de Júpiter de Toulouse. El culto a éste lo encontramos con seguridad en Pamplona ya en el siglo XI, cuando llegaron gentes francas a fundar un nuevo burgo, llamado de San Cernin en su honor. Será nombrado copatrón de Pamplona en 1611, estableciendo el día 29 de noviembre como su día festivo en la liturgia cristiana, junto con el “desconocido” San Honesto, quien pocos pamploneses saben de su existencia y de que el 28 de noviembre tiene establecido su hueco en el Santoral. 

La semilla del culto a San Fermín en Navarra, y por extensión a San Honesto, nació en 1186, cuando el obispo de Amiens envió a su homologo de Pamplona, Pedro de Artajona, una reliquia de un trozo de hueso del santo. Según las viejas crónicas, los restos de Fermín fueron hallados por San Salvio, obispo de Amiens, de forma milagrosa a las afueras de esa ciudad el 13 de enero de año 615. Al recibir la reliquia, el prelado pamplonés decidió establecer la fiesta del santo el 10 de octubre, como se venía haciendo en la ciudad de Amiens. 

Hasta 1590 la celebración en honor a San Fermín se realizaba en esa jornada. Pero buscando una fecha donde el tiempo fuera más benigno para los actos festivos, las autoridades pamplonesas decidieron trasladar la festividad al primer domingo de julio. Como en al año siguiente éste cayó en día 7, se quedó así definitivamente para la posteridad. 

San Francisco Javier, bautizado como Francisco Jaso Azpilicueta Atondo y Aznárez, nació en el catillo de Javier, solar centenario de su familia, un 7 de abril de 1506. Su padre, Juan de Jaso, ostentaba un alto puesto dentro de la administración regia, siendo presidente del Real Consejo de los monarcas navarros Catalina de Foix y Juan de Albret. La conquista del reino por los ejércitos de Castilla y Aragón de la mano de Fernando el Católico y la defensa de la causa de los monarcas navarros de la familia del joven Francisco, hizo que la infancia del futuro santo se alterase por causa del conflicto que dividió el viejo reino y lo cubrió de sangre y odio. La casa de su familia, el viejo castillo, terminó desmochado e inutilizado en el año 1516 por orden del cardenal Cisneros, al igual que muchísimas otras fortalezas navarras. En 1528 marchará a París a comenzar la carrera eclesiástica. Y será allí donde conocerá a Ignacio de Loyola, con quien establecerá una relación y una amistad que marcará toda su vida. 

El futuro fundador de la Compañía de Jesús tenía un pasado poco piadoso, ya que había servido en las filas de los ejércitos castellanos en la invasión del Reino de Navarra. Conocido entonces como Íñigo de Loyola, fue herido de gravedad en Pamplona, durante el asedio y toma del castillo de Santiago (o de Fernando el Católico) el 21 de mayo de 1521. Este accidente le marcará profundamente y hará que deje la espada y tome los hábitos. 

La relación de Francisco Javier y de Ignacio parece que no fue cordial en un principio, tal vez debido a las heridas aún sangrantes de la participación del guipuzcoano en la toma del reino de Navarra y la posición de la familia del de Javier en la contienda. Sea como fuere terminó naciendo una profunda amistad y colaboración entre los dos. La vida del navarro le llevó a poner sus miras en la evangelización del lejano Oriente. Tras años de servicio a Dios, morirá en la isla de Shangchuan a la temprana edad de 46 años un 3 de diciembre de 1552. Su inmensa labor evangelizadora, su historia y su leyenda desembocarán en su canonización por el papa Gregorio XV en 1622, junto a su compañero Ignacio de Loyola.

Su culto se extenderá rápidamente por todo el mundo (en 1748 será nombrado patrono de todas las tierras al este del cabo de Buena Esperanza e incluso en 1952 el Papa Pio XII le nombrará santo patrón del turismo) La historia de su importante labor y figura recorrerá la tierra que le vio nacer y su devoción se hará grande. 

Será en el momento de su canonización cuando se iniciará un conflicto nacido del fervor popular, ya que Navarra se dividió entre los que defendían a San Francisco Javier como santo insignia del viejo reino y  los más tradicionales que defendían la centenaria figura de San Fermín. Surgieron numerosas confrontaciones y manifestaciones entre los llamados “javieristas” y “ferministas”. Disputas teológicas, sociales e incluso políticas, que podían verse plasmadas, por ejemplo, en las imágenes que se colocaban en los retablos, elegidas por la devoción de los lugareños, del párroco o del noble de turno que pagaba la obra. A San Fermín lo defendían de forma oficial, entre otros, el Cabildo de la catedral y el ayuntamiento de  Pamplona, mientras que a San Francisco lo hacían los jesuitas y la Diputación del reino. La disputa llegó a tal magnitud, y las posturas eran tan opuestas e irreconciliables, que tuvo que intervenir la propia Santa Sede. Será el Papa Alejandro VII quien zanjó el debate nombrando a los dos santos copatrones de Navarra en 1657. En esta ocasión, en vez de separar como propuso el rey Salomón, se optó por unir. Como Navarro que soy, creo que la decisión fue la correcta.

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