Herodoto y la formación del tirano

Si preguntáramos directamente al concepto de poder por su régimen político preferido contestaría sin vacilar que la tiranía, el régimen, cabría decir, que concentra el poder en el arbitrio de uno solo y “ser la condición del imperio que no haya otras cuentas que las que se dan a uno solo”, como afirma Tácito por boca de Salustio Crispo. Si, insistiendo, interpeláramos al mismo concepto por cómo se forma un tirano quizá nos invitara con algo no lo bastante definido entre la desgana o la irritación a inquirir en la obra de Lucano y la de Tácito para dar con el tesoro. 

Éste, que quizá sabía más de tiranos que de tiranía, nos remitiría a la herencia de la guerra civil, a la acumulación del poder en unas solas manos y, a partir de ahí, los diversos juegos que el juguete lleva a cabo con quienes lo detentan, hasta conformar con ellos una tiranía que no es la de la familia sino la suya propia. Aquél, que quizá sabía más de la tiranía que de tiranos, habría tenido igualmente en cuenta la guerra civil, pero no en tanto causa, al modo de Tácito, sino como efecto, puesto que el tirano ya estaba conformado in nuce antes de que la guerra civil lo despojara al final de las vestiduras militares y lo vistiera con las políticas.

Ambos genios habrían coincidido en algo más: aunque hubieran leído a Herodoto, y es imposible que no lo hubieran hecho, despreciaban por completo el caso que éste expone entre los capítulos 96 y 103 del libro I de sus Historias, centrado en la figura de Deyoces, personaje oscuro pero amante del poder absoluto (τυραννίδος). ¿Qué tiene de peculiar dicho caso?

Al imperio asirio le tocó correr la suerte de los imperios en el s. VIII a.n.e. y a los medos dar el aldabonazo de la descomposición (hago saber al lector que los hechos narrados por Herodoto, aunque no son verídicos, no son mentira, y desde luego no estaba pagado por ningún gobierno para inventarse historias: simplemente, le informaron mal). Los medos empezaron a vivir entonces en pequeñas aldeas gobernadas por la anarquía.

A Deyoces le gustaba soñar despierto con ser tirano, una vocación tan temprana como la de esos alumnos que ya son catedráticos en primero de facultad, y dio finalmente con una rareza como medio para su fin: elevar su prestigio administrando justicia; pero no al modo usual, que dejaba heridas lacerantes en quienes pleiteaban, sino con total imparcialidad. La situación, incierta y violenta, no hizo mella en sus convicciones, persuadido de que la tiranía empieza en la paciencia. Al revés: perfeccionó su arte mientras lo ejercía y tanta justicia y tan bien administró que sus paisanos lo eligieron juez. La ambivalencia de la condición humana, merced a la cual unos mismos hechos puede obedecer a motivaciones antagónicas, favoreció sus designios y el primer paso quedó completado: engañando a todos con el bien, su prestigio consiguió lo que quería y el mérito obtuvo su recompensa.

Cuentan las historias, y lo cuentan al menos desde Hesíodo, que la trompeta de la fama llega lejos, y cuenta Herodoto que la de Deyoces como poco hasta las aldeas vecinas. Su arte era tan equitativo que quien lo buscaba aceptaba sumisamente el fallo del juez, daba por buena la sentencia y por resuelto con ella el pleito. La felicidad reinaba en el precario tribunal improvisado ante las puertas de un edificio sólido y el halcón de su fama cruzaba el variado azul de los cielos depositando la paloma de su nombre, sinónimo de justicia a esas alturas, en el corazón de quienes necesitaban justicia.

El juez ya no daba abasto, desatendía sus asuntos particulares, gestionaba intereses ajenos sin tiempo para los suyos: y pasó justo lo que debía pasar; retirado el juez, ganaron los malos y la anarquía volvió al gobierno. El miedo cundió, la ruina reinó, la incertidumbre campeó: la violencia era de nuevo el futuro; mas de pronto la suerte se decidió a obrar y no por azar: sus amigos reunieron al pueblo medo; tácticamente apostados entre la multitud hablaron sólo ellos –pronto todos serían felices y comerían perdices– invocando la reelección de Deyoces. Vale decir: su elección como rey. Obtendremos así el orden requerido por nuestros asuntos para prosperar, preconizaban.

Y helo aquí de nuevo bajo el fervor de los suyos, reuniendo los fragmentos dispersos del reino, surgidos tras su desaparición. La anarquía, nuevamente expatriada, y sin inflación al 10% que turbase el horizonte. ¿Pero hablamos del mismo personaje?

El rey quería ser rey, de modo que impuso condiciones: la primera, la construcción de una residencia digna de su persona, regia como ninguna; y enseguida la formación de una guardia personal, por si creía Roma que sería ella la que se sacaría de la manga a los pretorianos. Y como no había dos sin tres (y así hasta ni seis sin siete), ahora tocó el turno de poner una capital al reino, que para eso tenía ya rey y el rey su propia guardia. Vino después el colosal añadido de las murallas, distribuidas en siete círculos concéntricos –de haber estado allí Heródoto habría escrito otra cosa, pero no fue así–, que fortalecieron a Ecbatana, la capital, es decir: el Palacio Real y las cámaras del tesoro, es decir: a Deyoces, apuntalando su seguridad y protección.

La seguridad –esa pieza que el pueblo romano permutaría por su libertad con Augusto, como si cualquiera de ellas pudiera subsistir por separado– se sacó dos nuevas bazas del mazo: el ceremonial y el sistema de espías y confidentes. Aquél le aislaba de los demás hombres e impedía en su presencia la comisión de actos antes habituales y hoy execrables cuando el rey ya no es un mortal común; éste demostraba también por entonces que la información ilícita es poder, que el que se detenta no se quiere perder y que la ciudadanía es permanente objeto de veneración y temor por parte del autócrata, incluso si gestiona una democracia.

Y, al final, hubo esto: Fraortes, “hijo de Deyoces… heredó el poder”; y esto: “A la muerte de Fraortes le sucedió su hijo Ciaxares, nieto de Deyoces”. El poder unipersonal había mostrado una vez más su capacidad para transformarse en absoluto instituyendo una dinastía. La tiranía, sin necesidad de aspavientos, sin escudarse en sacrificios humanos u otras carnicerías menos ostentosas tan del gusto de las guerras civiles, permaneciendo al pairo de los acontecimientos, se había ido perfeccionando lentamente en medio de los hechos más en apariencia naturales del gobierno, fundiéndose con actos administrativos habituales como una apariencia más: hasta que un día el tiempo levanta el velo que cubría el arca del poder y todos descubren que ni su libertad, ni su seguridad, ni su título estaban allí, que ahora son palabras insignificantes de las que el tiempo mismo sólo preservó el eco de sus sonidos.

Elegir a Deyoces fue aislar a la anarquía de la política, sí, pero a costa de aislar al rey de unos ciudadanos que en sus juegos empezó lanzándolos al aire como ciudadanos y recogiéndolos después como súbditos. El aislamiento empezó en la vivienda y prosiguió en su persona, las dos formas de su alejamiento físico de amigos y conocidos; después aisló la institución, fijándola en una capital y acorazándola con murallas a fin de que sólo los dioses, esto es, los iguales o parcialmente superiores al rey, tuvieran acceso a él. El ceremonial sacralizó por arriba el nuevo orden y el statu quo regio, en tanto el inframundo de la política, mostrando la verdadera faz de la sacralización, lo sostenía por debajo, completando el proceso de aislamiento de persona e institución de la sociedad. La dinastía terminaría por aislar ese mundo que ya viajaba solo por la política de la historia, poniendo así un cierre temporal al cierre espacial.

Hagamos, para acabar, un ejercicio de romanticismo literario y, parafraseando a Giuseppe Galasso en Le nozze di Cadmo e Harmonia, preguntémonos: ¿cuándo empezó todo? Repasemos ahora con más detenimiento las palabras de los secuaces de Deyoces en tanto promovían su candidatura única: “Como en las circunstancias actuales indudablemente no podemos habitar este país, venga, nombremos rey a uno de nosotros; así el país tendrá una garantía de orden y nosotros podremos dedicarnos a nuestros asuntos (πρὸς ἔργα) sin ser perturbados por la anarquía” (cursivas mías).

Milenios después, Constant celebraría en su afamada conferencia sobre la libertad de los antiguos y de los modernos cómo en Grecia la libertad se ejercía en el ámbito público, esto es, con la participación de la ciudadanía en el proceso del poder, mientras en la época actual, insistía, los ciudadanos atendían prevalentemente a sus intereses particulares y su preocupación básica eran sus derechos. También él, como Lucano y Tácito, en este caso había aprendido poco de la historia. Tocqueville, que de democracia sabía incluso lo que está oculto tras la otra cara de la luna, respondió a la idea sin mentar siquiera al autor: así, dejando libre la escena pública, es como llega un Napoleón y ocupa todo el espacio.

En otras palabras, lo que Tocqueville quería decirle a Constant es que en cualquier tipo de república o de democracia liberal, si los ciudadanos renuncian a mantener conectadas su vida pública y su vida personal y privada, el peligro de que el régimen mute en tiranía es más que real; y, en suma, que la admonición de Juvenal, quis custodiet ipsos custodes?, es una tarea de la ciudadanía más urgente en una democracia que en una autocracia por la sencilla razón de que es el único régimen político que la establece en sus principios. Máxime cuando, como vemos hoy, las amenazas a la democracia no provienen de caudillos salidos triunfantes de una guerra civil o de amenazas externas, sino de las regurgitaciones antidemocráticas salidas de las urnas para, mezclando de manera imperfecta cuanto veneno antidemocrático sea capaz de exudar una sociedad, conformar gobiernos contra natura y antisistema.La lección es olímpica: cuando el individuo renuncia a ser ciudadano el principal enemigo de su libertad es él mismo, y los gobernantes de todo tiempo y lugar parecen comprenderlo instintivamente, por lo que se esforzarán sin duda por simplificarle la tarea. Lo que hay detrás se llama tirano, una planta política excepcionalmente adaptable puesto que no requiere por fuerza de la violencia para germinar, sino que puede crecer calmada y amablemente amamantándose en el seno en absoluto inocente de la justicia. La lección, insisto, vale para siempre y por doquier: Lucano y Tácito deberían haber comprendido que también para Roma.

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