Las costumbres y la ley

Para Escuela de Todos, el heroísmo de la dignidad

¿Cuál es el poder de las costumbres?

Herodoto pretende recordárnoslo en una breve página de su vasta obra, al hilo de su crítica al delirio de Cambises por despreciar las creencias sagradas sancionadas por aquéllas. Afirma que los hombres, de elegir entre el variopinto abanico de costumbres existentes, se inclinarían sin dudar por las suyas, que todos consideran, invariablemente, las más racionales y mejores: “las más perfectas”. Y aduce dos ejemplos que ilustran su idea: el de los griegos de su corte y el de los indios calatias; preguntados los primeros “por cuánto dinero accederían a comerse los cadáveres de sus padres” dieron la misma respuesta, e igual de alarmados, que los segundos cuando se les preguntó por cuánto quemarían en la hoguera a los suyos: “en ningún caso”. Cada cual rechazó sin ambages la tradición del otro. Herodoto concluye su razonamiento trayendo a colación un verso del poeta Píndaro que –erróneamente interpretado por él– corona a “la costumbre reina del mundo”.

Mientras cada haz de costumbres se inserta en una trama previa de cultura homogénea y rige mayoritariamente un territorio sin apenas contestación interna, aquéllas se solapan o identifican en alto grado con las leyes –de hecho, los griegos designaron ambos cuerpos normativos con idéntico vocablo, nómos, y ahí radica el equívoco de Herodoto respecto a Píndaro–, la uniformidad preside las conductas, los individuos se asimilan entre sí al mirarse en el común espejo moral y la armonía parece llegar a todos los rincones de la sociedad. En ese contexto, la cuestión de si congenian mutuamente las de dos territorios o de cuál de las dos es mejor resulta implanteable por irrelevante; en ese contexto, lo natural, como señalará Montaigne dos milenios después en su ensayo sobre los caníbales, es que “cada cual consider[e] bárbaro lo que no pertenece a sus costumbres”.

Ahora bien, la armonía es más poderosa cuando se idealiza que cuando se realiza y la pregunta por si hay costumbres mejores que otras surge incluso cuando no se plantea. Pericles, en su Oración fúnebre, la formula tácitamente cuando fija en la constitución ateniense el modelo de constitución (beneficiosa para quien la imite, añade), cuando fija un nexo indestructible entre la democracia y la mayor complejidad de la condición humana o cuando afirma apodícticamente que para cualquier polis es un honor quedar relegada ante otra que, como Atenas, supera su propia fama; y expresamente al declarar “que la lucha no tiene el mismo significado para nosotros y para aquellos que no disfrutan de ventajas similares a las nuestras”, vale decir: al enarbolar la bandera de la libertad, que jerarquiza con escalas de valor la ordenación del mundo humano.

La invasión por parte de la democracia del ámbito de la heterogeneidad de las costumbres conlleva pues una limitación de la tolerancia derivada de su simple existencia, como de la igualdad con la que aquéllas pretenden el gobierno de las correspondientes conductas; la jerarquía con la que racionaliza dicho ámbito, en efecto, pone un límite a su profusión con la duda de si todas valen al tiempo que rechaza de plano el que todas valgan igual. Y no sólo. ¿Tendrían cabida en una democracia las, por ejemplo, costumbres funerarias más arriba señaladas? En altísima medida sí, mas sería a costa de una nueva y decisiva pérdida, beneficiosa para la libertad: la de la progresiva desidentificación entre costumbre y ley, la paulatina retirada de la primera de la escena política, un dominio cada vez más propio de la segunda.

La libertad, en la democracia, ganaría con esto en un segundo aspecto, tan vital como el anterior, pero con mayor incidencia en la vida del ciudadano; éste, en efecto, ya no sería una víctima más enredada en la telaraña que las costumbres políticas urden en torno a sus decisiones y acciones, sino que le cabría abandonar unas para adoptar otras como le cabría renunciar a todas sin adoptar ninguna. Podría contentarse con compartir usos y hábitos con otros individuos o con participar desde el tendido en algunas costumbres menos totalitarias; o podría ceñirse a lo que su modus vivendi tiene de común con quienes conviven con él sin atender a las circunstancias ni esforzarse por resaltar su significado enlazándolas a un rito.

Ahora bien, ¿cómo determinar la superioridad de unas costumbres sobre otras o la total execración de algunas de ellas? ¿O cómo dar –es en realidad la misma pregunta– razón a la ley en su aspiración por ser ella la real soberana de la vida pública (sea frente a la costumbre o frente al arbitrio)? ¿Y quién lo determina?

Responderemos a dicha cuestión dando un rodeo. La primacía en la cultura democrática helena de la ley sobre la costumbre Herodoto la registra en un célebre diálogo mantenido entre el rey persa Jerjes y el lacedemonio Demarato. Aquél quiere saber si los griegos le plantarán cara y éste, ciñéndose los espartanos, le responde afirmativamente; pero antes su discurso se había, en apariencia, desviado por un camino inesperado –y, para el futuro, insólito–; Demarato trajo a colación la endémica pobreza de Grecia y cómo, pese a ello, la areté dominaba la vida de sus ciudadanos. ¿Qué la producía en contexto tan hostil? La “inteligencia y… unas leyes sólidas, cuya estricta observancia le permite defenderse de la pobreza y del despotismo”: de ahí que no sólo le plantarán cara, sino que saldrán al campo de batalla a buscarlo.

Jerjes, que sólo sabe de números, ajeno al “cremor del foc de llibertat” (Salvador Espríu) azuzado por el viento de las palabras de Demarato, se burla de la supuesta broma y apostilla que ni mil, ni diez mil ni cincuenta mil griegos estaría en condiciones de hacer frente a un ejército infinito en soldados. La risa burlona de Jerjes permanecerá incluso cuando Demarato haya explicado su convicción, pero vale la pena recordarla por sí sola, aun sin apelar al resultado final de la batalla: “los espartanos… en compacta formación, son los mejores guerreros de la tierra. Pues pese a ser libres, no son libres del todo, ya que rige sus destinos un supremo dueño, la ley, a la que en su fuero interno, temen mucho más, incluso, de lo que tus súbditos te temen a ti”: y esa ley, impenitente, les manda luchar hasta morir sin abandonar jamás el campo de batalla. 

La Oración fúnebre de Pericles apuntala la primacía legal por otra vía: la particular. Descontada la igualdad ante la ley queda salvaguardada la raíz de la misma: la irreductible singularidad de los individuos; que todos participen en al menos una institución pública y conformen por ello el órgano político soberano completa el reconocimiento del derechosubjetivo a una vida personal hecha a imagen y semejanza de sus deseos y opiniones, de sus juicios y prejuicios, de su sensibilidad y sus gustos, de sus vicios y virtudes, etc. Una esfera reservada a la iniciativa y libertad de cada cuál en la que nadie, aun si le disgustan las acciones de otro, puede interferir: un campo de vida privada liberado del uniformador y dogmático poder de las costumbres, aun si éstas sigan campando por sus respetos en otros ámbitos de la vida social.

Dicho con otras palabras: la democracia, con su potencialidad para dignificar al ciudadano con independencia de su condición social o su situación personal, de usar la misma vara de medir para cada uno de ellos, de enaltecer y sancionar su poder personal para trascender determinadas limitaciones naturales, de mantenerlo igual y diferente mientras lo mantiene libre en los ámbitos público y privado, de reunir en un cuerpo único y en una decisión común la variedad de sujetos existentes, etc., y de vincular todo ello con la ley, demuestra por qué ésta es superior a la costumbre y por qué no toda costumbre puede avenirse a la democracia, por cuanto fija en su soberano al actor que rige las normas.

Así, las consideraciones de Montaigne sobre la bondad de los caníbales, que preludian un concepto absoluto de tolerancia, anticipan la frivolidad de cierta intelectualidad francesa de nuestra época, pero ante la racionalidad desplegada por Tucídides trámite Pericles pecan de la misma sórdida buena fe e inútil candor que la risa prepotente de Jerjes ante las de Demarato. Los seres humanos protagonizaremos en toda circunstancia los crímenes innombrables que nos inducen a renegar de nuestra humanidad y sentir cómo tres palabras entre otras muchas, nazismocomunismo y nacionalismo, o una que las suele reunir, fascismo, incineran la confianza en nuestra especie con sólo pronunciarlas; pese a todo, nadie será capaz hoy de proponer un sistema ético donde tengan cabida el canibalismo o el vandálico asesinato de la inocente hija del pérfido Sejano narrado por Tácito.

El estremecimiento que electrocuta la conciencia ante la simple posibilidad de cualquiera de esas prácticas nos advierte e ilumina acerca de un cierto progreso moral que va desde las creencias a los principios y valores que rigen nuestro comportamiento, y que coexiste con las aberraciones estructurales producidas por él, de las que ya no se libran las propias democracias. Costumbres y leyes pierden autoridad frente al tribunal de la razón, que defiende idealmente la democracia.

Cuando Herodoto escribía la palabra ley hablaba de una realidad técnicamente mucho más tosca e imperfecta de la que hoy designamos con idéntica palabra o la equivalente de constitución, mucho menos garantista de los derechos individuales que estas otras. Pero tampoco su bárbaro, como veremos en un próximo texto, alcanzaba el grado de barbarie sacralizada por el nacionalismo en su denuedo por uniformizar como las costumbres a sus crédulos en un mismo individuo-robot y por universalizar sus dogmas en las respectivas sociedades en un único código-robot. Se blasonará si se desea que en democracia la mayoría ha decidido con su voto y se deducirá de ahí la legitimidad de la conducta ajustada a sus deseos; se cambiará según su antojo el significado de las palabras, hablándose de “coordinador lingüístico del Centro” para designar al “comisario y delator” (Iván Teruel), pero ninguna mayoría, por absoluta que sea, tendrá más legitimidad que el imperio de la ley y la fuerza que ejerza contra las minorías no serán otra cosa que ilegal violencia: ninguna mayoría logrará jamás que palabras terroristas como Alsásua o Canet confieran a su crimen dignidad o signifiquen otra cosa que la renuncia de la democracia a sus principios y la caída de la civilización en la barbarie.

En ese punto el espíritu de las leyes es ya sólo la ideología de su letra, y los burócratas del credo nacional han sacado al lázaro pro totalitario de las costumbres de su tumba para corromperlo de nuevo al imponer como ley la aleación de fechorías históricas con la que amalgamaron su conciencia.

(Ilustración: fragmento de «Tras la procesión con antorchas», de Adolph von Menzel).

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